Juan Manuel Robles

Escritor y periodista

La mujer sin miedo y los usos científicos del terror pop

El resplandor, 1980 / Stanley Kubrick

 

Pocos saben quien es S.M. Esta mujer de 50 años es mucho menos conocida que H.M., quizás el paciente más célebre de la literatura neurocientífica. H.M. perdió parte del cerebro después de que le practicaran una lobotomía para curarle la epilepsia los 27 años: desde entonces fue incapaz de formar nuevos recuerdos. H.M. fue la inspiración de la película Memento, de Christopher Nolan, donde se muestra en ficción lo que le ocurría a él en la realidad: olvidaba lo vivido ni bien terminaba de vivirlo, empezaba una conversación y después de un rato no recordaba de qué estaba hablando, saludaba a gente que ya conocía como si los estuviese viendo por primera vez. H.M murió hace unos años y por eso podemos conocer su nombre: Henry Molaison. Su cerebro fue donado a la ciencia y gracias a un sistema en línea es posible navegar en él, en tercera dimensión, y ver las cavidades y vacíos que lo condenaron al eterno resplandor. La señora S.M., en cambio, no tiene película y no sabemos su nombre. No parece tan asombrosa. A diferencia de Molaison, que tuvo que ser cuidado de por vida, la señora S.M. es perfectamente normal y vive sola con sus hijos. Pero tiene algo que la hace única: no puede sentir miedo. Ni un poco.

La razón de la ausencia de miedo de S.M. es la enfermedad de Urbach-Wiethe, una rarísima condición genética que en ocasiones provoca calcificaciones en el cerebro, y que, en su caso en específico, le destruyó la amígdala. La amígdala es una región crucial en el procesamiento del miedo, lo mismo en humanos como en ratones. Es parte del cerebro primitivo —lo que antes se conocía como “sistema límbico”—, y puede recibir proyecciones directas de los circuitos de percepción. Esto quiere decir que la amígdala puede activarse aun si no somos conscientes: una araña puede estar en nuestro campo visual una décima de segundo (si nos preguntan, no vimos nada) y sin embargo, el cerebro ya percibió las formas esenciales y la amígdala está mandando señales de peligro. La gente se ríe de aquel video donde un gato sale disparado ni bien le ponen un pepino delante, pero hay otro viral en que le lanzan una tarántula de goma a un tipo que está mirando la tele: el tipo salta al piso, gritando. La amígala es así de eficiente. Su respuesta a la amenaza aparece antes que el miedo, propiamente dicho. Es reacción fisiológica antes que racionalización consciente. Hace que los latidos se aceleren, que la transpiración aumente. Que todo nuestro cuerpo se aliste para pelear o huir.


Ubicación de la amígdala en el cerebro.

La actividad neuronal de la amígdala aumenta incluso cuando, simplemente, vemos un rostro con expresión de terror. También está vinculada a los recuerdos con alta carga emocional: cuando evocamos qué estábamos haciendo el 11 de septiembre del 2001, nuestra amígdala interviene (de hecho, esta es una de las razones de la sensación de exactitud,  el “lo recuerdo perfectamente”). La amígdala está en lo más salvaje de nosotros, pero también se educa (como todo en el cerebro) con estímulos modernos. Incluso cuando aprendemos nuevos temores racionalmente —según lo que alguien nos cuenta—, estos pasan a formar parte de nuestro sistema primitivo. 

Nada de eso le pasa a S.M. Esta mujer extraordinaria carece del mecanismo automático que nos aleja de lo malo. 

De hecho, los investigadores han ensayado varias cosas para causarle miedo. Le han puesto cerca de serpientes y tarántulas, pero ella no ha tenido ninguna reacción. Es más, si no le dan instrucciones, S.M. tiende a jugar con esos animales, tocarlos. No hay nada de frialdad en el asunto; su inconsciencia del peligro es extraña, como de otro mundo: S.M. habla con la voz de una niña grande que no entiende qué significa que algo sea tenebroso. Sus investigadores han reportado que se acerca mucho al hablar: ni siquiera tiene una noción del espacio personal. “Como carece de amígdala, carece también de la capacidad de detectar y evadir el peligro en el mundo. Es sorprendente que siga viva”, ha dicho sobre ella la neuropsiquiatra Justin Feinstein, parte del equipo que la examina. No hay nada más peligroso que la incapacidad de detectar las amenazas: S.M. ha sido asaltada varias veces. Aún así, no puede aprender a tenerle miedo a una pistola apuntándole la cara.

La aparición de S.M., de quien hay reportes desde 1994 en los artículos científicos, es importante porque confirma lo que se sabía sobre la amígdala por experimentos en macacos y en ratones, y que en humanos solo se había podido explorar, básicamente, con imágenes fMRI (un método bastante inexacto). S.M. es maravillosa como solo pueden serlo los “casos clínicos”, esos pacientes con lesiones puntuales. Porque a diferencia de un roedor al que se le quitó la amígdala, una persona puede hablar, y eso es una ventana a su conciencia. Así como Molaison podía evidenciar con sus palabras su asombrosa capacidad de olvidar, S.M. ha podido relatar, por ejemplo, que una vez un hombre sentado en una banca le pidió que se acercara; ella accedió. Una vez allí, el sujeto la tomó de la camiseta y la amenazó poniéndole un cuchillo en el cuello. Ella le dijo: “Adelante, córtame”. El hombre, desconcertado, se fue. S.M. ha contado esta historia con absoluta calma. Tiene memoria de la anécdota pero, al parecer, carece del componente emocional. 

El miedo no es un campo menor en la investigación científica del cerebro y la mente. Al igual que recordar, temer es un mecanismo básico de supervivencia. Entender cómo funciona puede ayudar a tratar desórdenes como la ansiedad y el estrés post traumático. Afortunadamente, la ciencia tiene una ventaja: el miedo también existe como industria. Desde hace algunos años, científicos investigan el miedo con películas de terror. Como parte de sus tenaces intentos para que S.M. se asustara, el equipo liderado por Antonio Damasio, que estudió a la paciente, la hizo ver filmes como El Resplandor, El proyecto del a bruja Blair, y El silencio de los inocentes (esta película se utiliza hace mucho, y según según una Guía de provocación de emociones, conviene usar la escena en que el niño se pone a explorar el hotel). S.M. no reaccionó. La llevaron luego a la casa embrujada más tenebrosa de Estados Unidos; la actividad paranormal no tiene base científica pero el susto que causa esta mansión es contundente: el 100% de quienes llegan allí termina aterrado. Excepto por S.M, quien no sintió miedo y permaneció con absoluta calma mientras la gente gritaba a su alrededor.

No hay nada de divertido en las consecuencias que puede provocar el miedo en exceso. Pero sí es ameno darnos cuenta que, para estudiarlo, los científicos recurren a Jodie Foster. 

Recientemente fue publicado el que quizás sea el estudio más completo sobre el funcionamiento de la amígdala en humanos. La investigación, hecha por la Universidad de California, midió la actividad de esta región cerebral de pacientes epilépticos. El estudio, realizado con la última tecnología en neuroimágenes, también usó películas de miedo. Las elegidas fueron Viernes trece, el capítulo final; Los otros y El silencio de los inocentes. Los propios científicos se sorprendieron que los estados emocionales pudieran distinguirse con tal precisión: la amígdala solo enviaba señales durante las escenas de miedo. En las secuencias neutrales, no.

Si la investigación más importante de los últimos años sobre el “circuito del miedo” y la amígdala se hizo con películas de terror, es probable que en el futuro se utilicen otras recursos del entretenimiento pop. Felizmente para la ciencia, esta forma de diversión existe y es vigorosa. Pagamos para que nos asusten. Recientemente, sistemas de realidad virtual como Oculus Rift han lanzado juegos que garantizan aterrarte. En esos mundos, el usuario camina y vive experiencias extremas, como ponerse en la piel de un niño de dos años para experimentar una noche tenebrosa —estar en la perspectiva de un cuerpo tan pequeño e indefenso ya es bastante—, o colocarse en el lugar de un condenado a la guillotina, que mira al cielo y ve la enorme cuchilla caer encima suyo; la experiencia es extrema e inédita: los usuarios se retuercen en sus asientos. Gritan. Dicen “no puedo”.

La amígdala está muy cerca del hipocampo, que es la estructura implicada en la formación inicial de recuerdos —justamente lo que perdió el señor Molaison—. Miedo y memoria están juntos: nuestros temores aprendidos son también una forma de autobiografía. Para ser más completo, en el futuro el terror recreativo tendría que incluir también lugares, canciones, voces y habitaciones, calles de tu propio pasado. Seguramente, S.M. seguirá siendo llamada para vivir estas estas experiencias horrendas, y lo hará tranquila, con esa sonrisa imposible, que da miedo.

 

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