Daniel Meza

Editor Jefe

El gran reto del nuevo Silicon Valley latinoamericano [OPINIÓN]

Universidad de Standford

La etiqueta Silicon Valley es usada en los últimos años como estrategia de mercadotecnia en distintas regiones del mundo con el potencial de emular el éxito de, precisamente, el Valle del Silicio, en California, EEUU. Esta última se llamó así gracias a la pluma del periodista estadounidense Don Hoefler en 1971, aludiendo a la gran cantidad de industrias en el área relacionadas con el desarrollo de semiconductores, donde el silicio era uno de los elementos predilectos. El nombre ha permanecido, y el lugar es el paraíso de la innovación, cuna de las más grandes firmas del rubro tecnológico del planeta: Google, Facebook, Apple, Intel, Uber y más.  

Diversos lugares en el mundo apuntan a ser los nuevos silicon valley: Skolkovo en Rusia, Dubai Silicon Oasis en Dubai, Silicon Plateau en India, y muchos más con distintos niveles de suceso. Latinoamérica, nuestro rincón, tampoco es ajena a esta carrera tan lógica como necesaria. Se compró el pleito en varias latitudes. Chile, por ejemplo, se ha querido adelantar y hasta inspiró a otros países mediante una aceleradora estatal y el florecimiento de más de 1.300 empresas tecnológicas, logrando ser elogiado en medios británicos y hasta llamado el Chilecon Valley. Brasil ha tenido varios candidatos pero, en definitiva, lo más fuerte allí apunta a Sao Paulo, particularmente en la Universidad de Campinas como principal exponente en la academia. No por nada Facebook eligió a la ciudad para abrir su primer centro de innovación a nivel global. Es también uno de los 15 mayores ecosistemas de startups en el mundo, con entre 1.600 y 2.900 compañías emergentes activas. Medellín también lo intentó, aunque parece haber quedado en el camino por limitaciones cruciales: el pobre número de egresados en disciplinas tecnológicas.

Y luego está Guadalajara, que la semana que pasó le sacó brillo a su voluntad de ser la mayor exponente de la innovación latinoamericana con la reciente Jalisco Talent Land 2018. En el evento, entre el 2 y 6 de abril, pudimos observar la activa movida tecnológica y de innovación mexicana, que ostentó conferencias de exponentes de la tecnología y ciencia a nivel mundial, hackathons, reunió a universidades, firmas consolidadas, startups y público en general. La feria, no se puede negar, fue un rotundo éxito, en concordancia con el esfuerzo de ya tres décadas que viene haciendo el gobierno de Jalisco por generar un ecosistema de innovación, de acuerdo a lo que expuso Jaime Reyes, Secretario de Innovación Ciencia y Tecnología de aquel estado. Se ha planteado además incubar un puñado de empresas unicornio hacia 2025. Aunque, ¿será suficiente todo lo previo para llegar los ambiciosos objetivos trazados?

El esfuerzo es encomiable. Para el 2025, estima el gobierno que la demanda de ingenieros en la industria será un 250% mayor. A la semana tecnológica de México asistieron firmas como Google, Adobe, Amazon, Bosch, Cisco, IBM, Microsoft, Cabify y Uber. Algunas de ellas ya operan en Jalisco. En la región hay 15 grandes firmas tecnológicas y 1.200 startups según cifras oficiales. Ayudó en los últimos años que las estrictas condiciones migratorias del gobierno de Trump haya enviado de vuelta a México algunos talentos, algo que en Jalisco se aprovechó emitiendo visas rápidas para emprendedores tecnológicos.

El reto para estos hermanos menores del valle californiano, precisamente, es generar un ambiente de retroalimentación, y que no ocurra lo que en Medellín, por ejemplo. Y el problema a resolver no es precisamente fácil. América Latina, en su gran mayoría, sigue siendo una región con mentalidad primario exportadora, y en muchos campos y territorios no se ha sobrepasado siquiera la fase industrial. Sus universidades no figuran arriba en los ránkings mundiales, lo que es peor. A la ineficiencia de los programas de innovación pobremente implementados, se le debe sumar la falta de inversión en el conocimiento por el conocimiento de parte de gobiernos y sector privado: estamos frente a una subvaloración de la investigación.

De las flores y frutas a los unicornios

Suele existir una brecha entre lo que la industria necesita y lo que las universidades están investigando, no se comunican entre sí, reconoce el propio Banco Mundial. Es preciso remitirnos a la historia del modelo a seguir, la cual debe observarse y en lo posible copiar todo lo bueno. ¿Cómo es que un lugar que hace un siglo aspiraba a sostenerse vendiendo frutas y rosas acabó siendo el vecindario de los 3 billones de dólares?

No todo fue entusiasmo, declaración de buenas voluntades e inyecciones inflamadas de capital de riesgo. También fueron factores importantes el azar, coyunturas bélicas y mentes brillantes en el lugar correcto del rompecabezas. La última pieza, sin embargo, fue la más crucial para el momento más sublime de la tecnología de la historia: la cooperación entre la investigación académica y la economía (de base tecnológica e innovadora). Todo, así es, en un valle californiano.

En un interesante artículo de TechCrunch sobre el progreso de la célebre región (“La interdependencia entre la Universidad Stanford y Silicon Valley”) el autor destaca el fundamental rol cumplido por la universidad californiana en el surgimiento del centro mundial de la tecnología, los capitales de riesgo, la innovación y las redes sociales. Un rol similar, más tarde, asumiría la UC Berkeley.

Urgía entonces en los EEUU de Roosevelt, allá por 1940, poner a las mentes más brillantes del país a estudiar y entender el sistema de radares alemán, para atacar luego. Stanford era aquel tiempo una universidad mediana en comparación a las tradicionales exponentes de la Liga Ivy, pero la oportunidad le llegó cuando el gobierno escogió a Frederick Terman (uno de los más brillantes radio ingenieros de la época), de Stanford, para encargarse de un equipo de 800 científicos en la referida misión.

Aprovechando los requerimientos de la guerra, y el contacto de primera mano con la electrónica más avanzada y exclusiva del campo, Terman vio que “la investigación secreta para la guerra hoy será la base de la expansión en electrónica de la postguerra”, un campo en el que Stanford podía florecer hasta equipararse con mastodontes como Harvard o el MIT. Atrajo en esta línea a estudiantes, aseguró subsidios para proyectos y convenció a muchos a comercializar sus ideas impulsando la ingeniería en esta alma mater.

Un espacio físico para las ideas

Creaciones como el Stanford Industrial Park (hoy Stanford Research Park), por iniciativa de Terman, impulsaron a empresas a arrendar lotes para establecerse. Lo hicieron pioneros como Lockheed, Fairchild, Xerox y General Electric. Con ello, además de generar un ingreso constante, se consiguió, y esto es lo mejor de todo, unir a académicos y empresarios industriales en un espacio físico. Algo que a su vez, inspiró a estudiantes a empezar sus propias compañías y tomar clases en sus tiempos libres. De ahí, el surgimiento constante de los cerebros más brillantes en la tecnología, materializando sus sueños obteniendo lo mejor de la academia y la industria solo en aquel campus.

Surgieron en aquel lugar privilegiado los Hewlett-Packard y su oscilador de audio, un instrumento de prueba electrónico usado por los ingenieros de sonido, su primer éxito comercial. Allí nació el transistor en 1940, o parte del Arpanet, proyecto que acabó regalándonos el Internet. Se creó también el Ethernet y la interfaz gráfica de usuario. Nacieron Atari, Apple, Oracle, Ebay, Yahoo!, Paypal, y todo lo demás que hoy conocemos.

Cómo vamos por casa

¿Qué estamos haciendo en casa para que la dicotomía economía-academia pueda dar sus primeros frutos? Pareciera que no lo suficiente: según cifras de la Unesco, la cantidad de investigadores en la región se encuentra por debajo de la media mundial. Latinoamérica tiene alrededor de 440 investigadores por cada millón de habitantes, mientras que regiones como Asia, la Unión Europea y los países de la OCDE tienen tasas de 745, 2.900 y 3.400 respectivamente.

Con estas cifras, podemos llevar al entusiasmo del emprendedurismo a caer en terreno infértil. Sin gobiernos, sector privado y ciudadanos comprometidos con la cultura de la investigación podemos toparnos con un nuevo estancamiento. Sin el puente robusto entre innovación y academicismo difícilmente habrán silicon valleys florecientes, y el proyecto de elevar el número de empresas unicornio de la región serán simplemente una quimera. Urge, irónicamente, un cambio de chip. Y esperamos que Guadalajara, Sao Paulo y Santiago lo traigan.

 

Daniel Meza
Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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