Daniel Meza

Editor Jefe

Por qué estoy a favor de la despenalización del aborto (y no en contra de la vida) [OPINIÓN]

Pixabay

Los movimientos conocidos como provida en distintos países del mundo, incluyendo América Latina, han ganado espacio y grandes cantidades seguidores a inicios del último siglo. Con el tiempo se ha hecho familiar ver las Marchas por la Vida al largo y ancho del globo, defendiendo el derecho de la persona engendrada “desde el primer momento”. En general, la masa participante de tales marchas es una amalgama de colectivos catalogados de conservadores, y en su mayoría defensores de credos como el católico, evangélico, entre otros en menor medida. Los últimos días hemos visto cómo en Colombia, Brasil y Perú se dieron marchas en las que, según reportan los medios de aquellos países, miles de personas marcharon con la prédica ya referida. Se prepara una marcha de grandes proporciones también para el 20 de mayo en Argentina, y ya se produjo una multitudinaria en marzo. En España se hizo lo propio el pasado 15 de abril. Otros países donde se realizan son EEUU, Canadá, Paraguay, Bolivia, con diferentes proporciones en los grupos religiosos que la conforman. Las manifestaciones recibieron una copiosa cantidad de artículos de cobertura de parte de medios como ACI Prensa, perteneciente al grupo EWTN Global Catholic Network basado en EEUU o Aleteia.org basado en Francia, ambos con una línea editorial de perspectiva cristiana católica y avalados por la curia romana.

Sus argumentos se resumen así: manifestar públicamente que la vida es un derecho que debe ser respetado desde el primer instante de la concepción, que no se puede despenalizar el aborto en caso de violación, enfrentar las presiones intensas de un lobby abortista de millones de dólares, que no hay derecho al aborto y sí a la vida, y ser la voz de los que no tienen voz.

Para darle fuerza a sus argumentos, el bando provida (con una posición evidentemente dogmática) esgrime argumentos científicos, lo que llama la atención en tanto que medir con una óptica científica la realidad haría tambalear una serie de preceptos asumidos como ciertos por los creacionistas, por ejemplo. Esta aparente contradicción, para ellos, encuentra justificación en una adecuada hermenéutica.

Volvamos a los argumentos científicos de los provida: estos resaltan que, biológicamente hablando, la vida humana comienza en el momento de la fecundación (el proceso en el que dos gametos se fusionan durante la reproducción sexual para crear un nuevo individuo con un genoma derivado de ambos progenitores, un nuevo ADN, con un proyecto-programa individualizado). De hecho, ese es un consenso de la comunidad científica prácticamente irrefutable. Para este lado del espectro, los pro-despenalización del aborto niegan la existencia de dos personas y le dan validez solo a una.

Con ello, el derecho a la vida del nuevo individuo debe prevalecer sobre el derecho a elegir de la madre, y nadie en el mundo puede decidir quién vive, algo comparable “al derecho a matar”, comparando esta forma de actuar a la del fascismo. Entienden, además, que toda legislación debe proteger la vida y anular todo derecho que promueva la muerte del ser humano. Además, niegan que la práctica del aborto sea médica (aunque sea en caso de violación de la madre), al considerarlo un acto de “extrema violencia” que acaba con la vida de un inocente. La despenalización del aborto, para ellos, es un aval para el aborto siendo este un acto frívolo, o “solución egoísta a los problemas sociales”. En contraparte, dicen, se debe mejorar las políticas públicas que valoren la vida, que eduquen sin “ideologías”, el acompañamiento de mujeres embarazadas y la mejora de la ley de adopción.

El papa Francisco, quien se diferencia por ser el único líder religioso que emplea consensos científicos recientes en su discurso (ej. el cambio climático) se encuentra, respecto al aborto, en el lado provida

Qué dicen los defensores de la despenalización del aborto

Generalmente, los defensores de la despenalización del aborto son individuos o colectivos que se aglomeran en un sector comúnmente llamado liberal o progresista, no pertenecen a un grupo religioso en particular (a menudo, son ateos y agnósticos) y sus argumentos para despenalizarlo se sintetizan en lo siguiente:

Que penalizar el aborto afecta, restringe y viola derechos humanos fundamentales de niñas, adolescentes y mujeres; las induce a recurrir a métodos de aborto inseguros y riesgosos para su integridad, tiene un impacto diferenciado en mujeres pobres y jóvenes, las expone a violencia institucional, y alimenta un mercado millonario y clandestino de abortos. 

Ellos también han empleado la ciencia para sopesar la posición del ala antiaborto.

Veamos: uno de los principales argumentos erigidos en el marco de la ciencia es que en cierto lapso, el individuo emergido de la fecundación, a diferencia de lo que predican los provida, no puede sentir dolor. Para los del otro lado, la terminación, entonces, es algo brutal, injustificado. Aunque, estudios independientes han demostrado la baja probabilidad de que esto sea cierto. De acuerdo a un estudio publicado por JAMA el feto en las primeras etapas del desarrollo carece de sistema nervioso desarrollado y el cerebro para sentir dolor, además de que no son conscientes de su entorno. El sistema neuroanatómico no está completo hasta aproximadamente la semana 26 de embarazo. En el mundo, la gran mayoría de embarazos se terminan antes de la semana 24, y una gran mayoría de estos dentro de las nueve semanas, por lo que la cuestión del dolor fetal no tiene, de acuerdo a esta parte de la discusión, mayor validez. La afirmación es confirmada por un reporte sobre el tema de la Royal College of Obstetricians and Gynaecologists, que concluye que “los datos existentes sugieren que el procesamiento cortical, es decir, la percepción del dolor, no puede ocurrir antes de la semana 24 de la gestación”.

Los defensores de la despenalización también rebaten argumentos levantados por los de la tribuna del frente, como el hecho de que el aborto conduce a la depresión y suicidio, conocido como un síndrome post aborto (SPA). El argumento fue posicionado por Vincent Rue, médico activista antiaborto, en los 80. Sin embargo, el SPA no es reconocido por el DSM (Manual de Desórdenes mentales estándar) ni por las organizaciones de prestigio encargadas de protección de la salud mental (American Psychological Association, la American Psychiatric Association y el Royal College of Obstetricians and Gynaecologists). Otra posición cuestionada por los pro-despenalización es que el aborto cause cáncer de mama, un argumento usado en distintas latitudes aunque desmentido por instituciones como la OMS y los servicios de salud de EEUU y Reino Unido. Finalmente, también está la posición que rebate que el aborto pueda dañar la fertilidad, basados en técnicas obsoletas al momento (Método por Dilatación y Curetaje), con un pequeño riesgo de conllevar complicaciones. Hoy, la OMS recomienda usar el método de aspiración por succión, haciendo el riesgo de infertilidad insignificante. 

A esto se le debe añadir que en las prácticas de fecundación artificial, realizadas ampliamente en todo el mundo, se manipulan embriones humanos en el laboratorio. Los no transferidos al útero de una mujer son congelados, usados para la investigación y/o descartados. No por ello, dicen los defensores de la despenalización, se puede considerar que estamos hablando de científicos homicidas.

Dicho todo esto, es claro que ambas posiciones, científicas o religiosas, nos proponen dos perspectivas particulares de defensa del ser humano (tanto de la madre como del hijo) a partir de “verdades científicas”. Nadie puede negar desde la razón, que ambas posiciones buscan ayudar y proteger a las mujeres se deben someter a un procedimiento como el aborto, y del niño como posible víctima, tanto antes como después del parto. No quisiera dudar, desde este artículo, de la buena intención de los defensores de ambos bandos, y de la naturaleza humanista de su activismo.

La imposibilidad de ponerse de acuerdo

Será imposible, sin embargo, ponerse de acuerdo desde la biología. Esta, como todas las ciencias, es una actividad en constante revisión y sujeta a frecuentes cambios, por lo que las posiciones basadas en la ciencia pueden correr la suerte de ser cuestionadas cuando uno menos lo imagina.

Un segundo problema es que los hechos científicos no son indiscutibles ni neutrales, dado que su interpretación está sujeta a la posición moral o política de la persona que los emplea como argumentos, incluso en ocasiones recurriendo a aquello que llamamos cherrypicking para darle fuerza a la posición de un bando en desmedro de las razones del contrario. El tema es delicado, y las esperanzas de consenso desde estos campos, casi nulas.

El enfoque real es social

En tanto que el conocimiento científico de los detalles biológicos del aborto es valioso, el debate que debería cobrar mayor relevancia es el social y jurídico. En la controversia previa, cargada de complejidades médicas, biológicas o anatómicas, a menudo se olvida de cómo un hecho del que se discute a rabiar en el ámbito científico y religioso transcurre entre lo legal o ilegal.

Es decir, más allá de las posiciones religiosas o biológicas que uno pueda tener, respetables todas, la problemática del aborto existe y se sigue produciendo, se quiera o no. De ahí la urgencia de abordar el tema.

Los datos objetivos están a disposición: cada año se producen 55,7 millones de abortos en el mundo, un 45% de los cuales (25,5 millones) se realiza sin garantías de seguridad, de acuerdo la OMS y el Instituto Guttmacher de Nueva York (EEUU) en el 2010 y 2014, que también pone los números en el mapa: el 97% de las prácticas inseguras tienen lugar en países en desarrollo de Asia, África y América Latina (!). 

Un estudio más reciente, el Abortion Worldwide 2017 Uneven Progress and Access del ya mencionado instituto, indicó que América Latina ocupa el primer lugar como la región con la mayor tasa de aborto: 44 por cada mil mujeres, seguida de África y Asia. 

Guttmacher también advierte de los abortos clandestinos: cada año 6,9 millones de mujeres son atendidas por complicaciones derivadas de abortos inseguros. Un 42% de mujeres en edad fértil vive en países en los que el aborto es prohibido o restringido, y que de los 56 millones de abortos inducidos entre el 2010 y 2014, el 45% de los registrados fueron inseguros o muy inseguros (esto, sin tomar en cuenta un monto presumiblemente amplio no registrado por subsistir en la clandestinidad).

Los abortos inseguros son más frecuentes en países donde hay restricciones legales (31%) (la mayoría de ellos ocurre en América Latina) y menos frecuentes en países en los que el aborto está despenalizado y brinda condiciones que favorecen al acceso (1%). Hoy el tema divide a toda la región (ahora mismo, se debate la ley en la Cámara de Diputados argentina).

A la luz de los datos, y desde un enfoque realista y no dogmático o tribunero (religiosos versus ateos, o científicos provida versus científicos pro aborto), la práctica debe ser abordada responsablemente y no, por el contrario, perseguir desde la ley a las mujeres que por A o B razones sienten que deben recurrir a él. No brindar condiciones para un aborto seguro, en condiciones justificadas, es hacerle un favor al negocio clandestino e inescrupuloso. Tanto en situaciones como casos de riesgo para la vida de la madre, o casos de violación, el aborto debe ser despenalizado desde las leyes de nuestros países y acompañado desde el derecho por asesoramiento psicológico, social y clínico. 

Las opciones en debate, en conclusión, son dos: Olvidarnos/negar el problema, o hacernos cargo de él. ¿Tú qué escogerías?


Daniel Meza
Director de N+1
Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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