Daniel Meza

Editor Jefe

La especie de la posverdad [OPINIÓN]

I, Gorilla III
Baraneke / Flickr

El apogeo del término posverdad atraviesa, por lo menos, tres años, haciéndose especialmente famoso con los fenómenos de Donald Trump y el Brexit. Y la verdad es que me aburriría seguir hablando de él si no fuera por Yuval Harari, uno de los intelectuales más exitosos de los tiempos actuales, quien lo ha vuelto a poner en discusión. Y de uno modo deliciosamente provocador.

¿Y si las religiones y las ideologías también son posverdad (o en otras palabras, la mentira de siempre con aires de modernidad)? ¿Y si la cooperación humana, la única y acaso la mejor característica que ha logrado distinguirnos como especie y nos ha permitido dominar el planeta, está puesta sobre cimientos de convenciones parcialmente ciertas (o falsas)? ¿Acaso el capitalismo no se sostiene en una serie de mensajes que asocian la posesión de un determinado producto con la felicidad humana misma sin que esto sea cabal? ¿Es que no llevamos años enterados de que la publicidad nos engaña haciéndonos felices?

“La verdad es que la verdad nunca estuvo en la agenda del Homo Sapiens”, dice el historiador israelí en líneas de su último libro 21 lecciones para el siglo XXI. En América Latina y el mundo el tema es recurrente (me atrevería a decir que el fenómeno adquiere formas más perversas que en el mundo anglosajón) y tiene todas las formas y sabores: políticos de distinto nivel discursando mentiras, propagación de imágenes falsas en campaña para hacerle guerra sucia al rival, bloques enteros en noticieros muy sintonizados dedicados a astrólogos y videntes, mensajes en cadenas en WhatsApp con la finalidad última de robar datos a usuarios inocentes u ofertas en medios masivos de curas pseudocientíficas.

Paradójicamente, a pesar de que sabemos por consenso general que mentir es éticamente incorrecto, el poder de la cooperación humana ha dependido históricamente de un balance entre verdad y ficción. A pesar de que todo lo que se diga en la Biblia o el Corán sea muy probablemente ficticio y difícil de probar, nadie puede negar las grandes cadenas de solidaridad que han logrado las religiones. O pocos se atreverían a cuestionar que la propaganda ha motivado a masas a obtener, para bien o para mal, logros decisivos como ganar guerras, conseguir derechos, o convencer a naciones enteras sobre el rumbo que habría que tomar. En la sociedad contemporánea, finalmente, gigantes del mercado han tenido éxito gracias a internalizar en las personas un mensaje de bienestar por el solo hecho de poseer tal o cual marca. Lograron convencerme, por ejemplo, de que vestir grandes marcas me convertiría en una persona socialmente aceptable y con cierto estatus. Y no solo mí, sino también a los que viven en mi entorno.

Y detrás de todo esto, aunque la verdad duela, las mismas razones de aquellos colosales logros fueron los mismos provocadores de grandes atrocidades: derramamientos de sangre, daños medioambientales o violaciones de derechos humanos, pudiendo hacer interminable la paradoja.

La idea de tantear el tema, sin embargo, no es resignarse. Felizmente nos queda la ciencia, o el método científico, como única forma para mitigar las peores consecuencias de la posverdad. Por supuesto que la ciencia se equivoca y tiene errores, pero es la primera en cuestionar sus propias embarradas. Citando a Harari, “la literatura científica, es y ha sido nuestra fuente más confiable de conocimiento por siglos”.

 

Daniel Meza
Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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