Sofia Dottori

Geóloga

Víctima colosal: China nos emite

Retrato de mujer china. Pixabay

Que se hable torrencialmente del cambio climático, el calentamiento global, los gases de efecto invernadero, los combustibles fósiles, el Acuerdo de París, la contaminación ambiental y el nuevo archienemigo planetario, el dióxido de carbono, no es más que una insistente invitación a reflexionar cómo nos involucramos (o no) en la odisea más taquillera de la historia.

A primera instancia, la sociedad toda ha apuntado con filosos dedos a las grandes potencias que llevan décadas disfrutando en primera fila de esa cúpula tan convexa y dorada llamada esfera financiera. Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, Arabia Saudita, Japón, entre otros, todos en el hemisferio norte (casualmente - causalmente), son algunos de los gestores indiscutibles de la mayor decadencia ecológica de nuestra era. ¿Pero cuán cierto es eso? Desde mediados del siglo XX la revolución industrial abrió un campo de acción sin fronteras en donde las grandes potencias se convirtieron en grandes potencias a costa de la explotación del tesoro negro que jamás deberíamos haber encontrado. 

De acuerdo con el ránking de los 15 países más contaminantes del planeta, podemos observar cómo a partir de 1950 China avanza con el arranque de un Messi y con la constancia indiscutible de billones de manos trabajadoras hasta posicionarse en la mecha de una bomba de tiempo. Entonces, ¿Es China el mayor responsable del cambio climático de las últimas décadas?

Existe una diferencia crucial entre lo que conocemos acerca de los países emisores y los países consumidores. Las emisiones de CO2 se expresan en toneladas métricas per cápita y es la medida con la cual se reparte la torta de la crisis ambiental on trend. La tajada más grande corresponde a las emisiones de CO2 liberadas de la actividad industrial de cada nación, lo cual no tiene por que correlacionarse con la cantidad de CO2 que un ciudadano emite. 

Made in China

Para entender mejor el escenario, analicemos algunos promedios actuales: Australia emite alrededor de 18tn CO2/per cápita, Estados Unidos 16.2; Emiratos Arabes 22.3 Japón 9.4; Alemania 9.2, Reino Unido 5.5; India 1.8; China 7.9 y 4.7 el resto del globo. Esto es clave para mirar lo virtual con los lentes de la realidad. El gigante asiático es el mayor emisor de CO2 por que es la fábrica del planeta desde hace más de medio siglo. De allí proviene todo lo que el resto consume al gran estilo take away. No está de más recordar que junto con India son los países de mayor densidad demográfica, factor que lógicamente dispara el valor total de sus emisiones.

Si releemos el valor de 7.9 tn CO2/per cápita, claro está que China apenas se sienta a su propia mesa. Son otros los comensales. Los principales destinos de sus exportaciones son Estados Unidos, Hong Kong, Japón, Alemania y Corea del Sur. Y el entramado capitalista se encarga del resto. Desde la comodidad de nuestras casas, con un click de esfuerzo encargamos por Amazon lo que Ebay nos cobraría por el shipping, y entonces nos ahorramos los costos de envío que se vuelven tan invisibles como una molécula de gas. Cada uno de nosotros, más específicamente el habitante occidental, es fiel proveedor de la astronómica cifra anual de casi 10.000 millones de tn CO2 emitidas a la atmósfera. Pero ajenos sentenciamos a los 1400 billones de chinos para que carguen sobre sus hombros con el último pecado del mundo. 

Y así como China se encarga de fabricar todos nuestros caprichos, aún continúa lidiando con los costos ambientales de ser el mayor importador de plásticos de la historia de la humanidad. Actualmente, el gigante asiático ha tomado severas medidas para redirigir su situación: ya no compra nuestra basura, lidera la inversión en energías renovables y ha disminuido de 2.5 a 0.5kg de CO2 emitidos por unidad de producción. Los caminos para supervivencia de nuestra especie se ciernen así en una breve cláusula: consumir es emitir. Pero apostar a la apostasía del dios capitalismo es la herejía más abominable.   
 

Sofía Dottori Fontanarrosa

Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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