Sofía Dottori Fontanarrosa

Geóloga

Cambio Climático dispara: “Yo soy más que un virus”

Betrayal - Mario Sánchez Nevado

Corona baila deliberada y se pasa de brazo en brazo. Ella viaja sin documentos y puede estar en todos lados, sin arraigarse a ninguno. Pareciera que se nos ríe, con una inocencia macabra capaz de decidir incluso si baila pisando los zapatos; si nos permite o no una pieza; si nos envuelve en una disputa social, con terceros en discordia, quizás cuartos, quintos o hasta una docena del mismo barrio. Ella lleva coronita. ¿Y qué podemos decir al respecto? Nos encanta. Aunque nos aterre. Aunque nos confunda. Aunque nos enloquezca. Ella está ahí, tan constante como dispuesta. Pidiendo respeto. Pidiendo mesura. Pidiendo silencios. Pidiendo todo, menos permiso. Lo único que se escucha es su nombre. Imparable, ambiciosa. El aire es su chofer, el frío su copiloto, y juntos se pasean por los libros de la historia. Lo que otros tanto anhelan, la villana del momento. Dada a luz para ofrendar a la muerte. 

Todas las miradas de una especie aterrados con su presencia. La enemiga que acecha en la piel de un desconocido, en la sala de tu living; en el ascensor del edificio; en la oficina pro-teletrabajo; en la plaza del barrio; en el bar sin amigos; en el mercado oferta-paranoia; en la cocina del desconcierto; en los chistes de un colega; en el estrado de un lider; en el sarcasmo de los niños; en el transportes de la desconfianza; en la escuela a todo recreo; en el hospital solo emergencias, de un continente pródigo que no se identifica con carencias.

Corona y su cuento stepheniano es tan real como una película norteamericana. El primer streaming no virtual, sin discriminación de latitud ni de raza, que a todos cautiva. Corona, que partió de Oriente hace menos de un trimestre, con su ARN lleno de ilusiones, a conquistar un mundo full globalizado, desbordante de vías de comunicación donde lanzarse al estrellato. Y en Europa fue catapultada por un mánager visionario. Ahora es LA villana in live por supremacía. E increíblemente, su tamaño es inversamente proporcional a su poderío. ¿Cómo pudo sacudir tanto en tan poco tiempo? Los villanos son así. Como los de Marvel, que los terminamos escuchando, entendiendo, atendiendo y hasta empatizando. Nuestro miedo la engrandece. La it girl con más community manager del globo. 

 

El Mal mayor

Hay otros personajes que no tienen la misma suerte. Son como actores que no querían el papel de malos. Entonces apenas son crueles y severos. Dan muchos previos avisos, perdonan muchas faltas, fían muchas deudas. Su idea no es que todo se desplome apocalípticamente. Cambio Climático es el ejemplo. Hace décadas le pedimos a nuestro planeta que se comporte hostilmente, que nos empiece a lacerar con tormentos de toda naturaleza, que nos muestre su peor cara, su furia inconmensurable, sus miserias. Participamos en la creación de un malvado que todavía no puede ser tan perverso, tan súbito, tan popular como Corona. 

Y a la gente no le gusta la tibieza. Cambio Climático decidió entonces volverse más caliente. Le ofenden esas expresiones soft del tipo “el año más cálido”. Y ahora va por todos los Celsius. Es que este malhechor aún no sabe como escarmentar. Es tan moderado, tan paciente, tan inverosímil. A pesar de toda la basura que le llegan a sus oídos, a sus pulmones, a sus tejidos. Y a los humanos nos despierta el maltrato. Hay que ser sinceros. Somos hijos del rigor. 

Por eso Corona se le ríe. Ella es la figura del certamen de la omega que todos votan. Por ella se estremecen los valores de la bolsa y las fronteras ponen cerrojos. Porque ella baila con todos. Sabe mover las masas, leer al público, ser mediática. Ha dejado poco espacio, o casi nada en las góndolas de la prensa. Un “producto” marketinero, bien fabricado, bien exportado, que se vende solo, a puro contagio.

Cambio Climático la envidia. Porque está de moda, porque es joven, fresca, espontánea, de la generación táctil, se codea con los millennial y castiga a los viejos. Y ahora, desde las sombras de los árboles a los que todavía les tiene misericordia, espera a que te hundas en la debilidad o en la mutación, como tantos otros virus faranduleros. 

En cambio, Cambio, es un anciano del siglo pasado, que hace tanto que inició su trayectoria que ya ni recuerda su primer casting. No se animó a invadir ni un solo cuerpo para conseguir un lugar en los escenarios. Manejó con extrema prudencia su carrera, disparando a otra escala, lastimando muy despacio, para que las cicatrices también perduren, si es que algún día ya no sangran. Pero sus estragos no alcanzan, no conmueven, no incitan, no contagian conciencia.

 

Y a la gente no le gusta la tibieza. Cambio Climático decidió entonces volverse más caliente. Le ofenden esas expresiones soft del tipo “el año más cálido”. Y ahora va por todos los Celsius... Es que éste malhechor aún no sabe como escarmentar. Y a los humanos nos despierta el maltrato. 

 

Mientras todos distraídos miramos la sitcom Pandemia, el ecosistema sigue luchando contra un desequilibrio hormonal que no pretende vacuna. Lo peor se avecina: el descontrol a toda esfera. Sequía, hambruna, extinción, incendio. Tierra. Agua. Aire. Fuego. La naturaleza luchando con sus elementos, en una batalla que nadie alude compromiso. Hubo hasta hace poco una adolescente que hizo lo que pudo, símbolo prematuro de una sociedad inmadura. Ya ingresó en las filas del olvido...

Por si acaso no suena alarmante: Cambio Climático no es una moda, no es una temporada, no es un microscopio, no es de laboratorio y no le basta una neumonía. Y me pidió que escriba este descargo, aprovechando el pánico colectivo y ajeno a su omnipresencia: Corona es visitante y nosotros la hospedamos. Cambio está en su casa, y nosotros somos los invitados.

 

Ahora sí. Que empiecen los juegos del hambre.

 

Sofía Dottori Fontanarrosa

Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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