Daniel Meza

Editor Jefe

Vigilancia bajo la piel: la privacidad después de la pandemia

Es posible gozar de salud y privacidad juntas. 
Pixabay

La crisis global por el Covid-19 mantiene, como nunca se vio en la historia, a una gran proporción de la población mundial aislada; y las autoridades, tanto como el periodismo, se concentran en resolver los problemas del día a día. ¿Qué ocurrirá una vez pasada la tormenta?

Las decisiones que tomemos hoy cambiarán nuestras vidas en los años porvenir, explica Yuval Harari en su más reciente artículo. Para el historiador israelí, autor de 21 lecciones del Siglo XXI, estamos frente a una situación extraordinaria en la que entran en conflicto los avances tecnológicos y las libertades individuales.

Es una certeza, para Gideon Litchfield, editor del MIT Technology Review, “que no volveremos a la normalidad” y que el distanciamiento social cambiará nuestras vidas más allá de unas pocas semanas.

 

Herramientas digitales: la solución también trae peligro

Atrapados por la rutina en cuarentena, es natural estar pendientes de las medidas que nos afectan en el aquí y el ahora (toques de queda, economía, aislamiento). Pero cabe advertir que estamos barajando alternativas “al borde del abismo”.

La observación intrusiva será el precio a pagar por la seguridad la libre interacción con otros

Las herramientas digitales de la llamada cuarta revolución industrial, en específico tecnologías como la inteligencia artificial, la identificación biométrica y la geolocalización, hoy aplicadas por algunos de los casos más exitosos en el combate de la pandemia, son solo los puntales de una flecha que podrían atravesar el escudo de uno de los grandes logros de la sociedad moderna: nuestra privacidad.

Con el Covid-19, por ejemplo, China monitorea cercanamente los smartphones, y con tecnologías de reconocimiento facial a través de cámaras, ordena que la gente informe de su temperatura corporal y condición médica. Con ello, el gobierno de la República Popular identifica rápidamente los casos de contagio, pero también puede rastrear los movimientos de sus ciudadanos y saber con quienes entraron en contacto. La excusa, en todos los niveles del gobierno es única: 非常时期 (Fēicháng shíqí), es decir “periodo extraordinario”.

Pero esta no es una cuestión de ideologías: en la Israel del conservador Netanyahu se decretó por emergencia que el Shin Bet emplee tecnología de vigilancia normalmente utilizada para combatir terroristas con el fin de identificar a enfermos por coronavirus; en otras palabras, la inteligencia puede ingresar, sin pedir permiso, a los smartphones de los ciudadanos. Una similar medida fue tomada por Taiwán, aunque en aquel caso, las medidas extremas con fines sanitarios fueron trabajadas mucho antes, desde el golpe que para ellos representó el SARS (Síndrome respiratorio agudo grave) en el 2003.

▶ Corea del Sur está empleando una app que le permite al gobierno usar el GPS para monitorear a ciudadanos en cuarentena y seguir su progreso, vigilando que no se trasgreda cuarentena. Otros ciudadanos pueden recibir mensajes del tipo “una mujer de 60 años dio positivo, mira qué lugares visitó antes de ser internada”, con un link a todos los datos en un sitio web gubernamental.

Así luce la app Auto-cuarentena, empleada por el gobierno surcoreano.

Parte de esta potestad se debe a lo mal que Corea respondió en el 2015 ante el MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio). En aquel entonces, las autoridades coreanas entendieron que debían apelar al control digital ante emergencias de este tipo. Hoy, en el sur de la península los ciudadanos usan también apps privadas como CoronaNow y Corona100, las que ofrecen información en tiempo real y lanzan alertas si uno se acerca demasiado a un lugar frecuentado por enfermos por Covid-19, como si Waze te avisara dónde hay tráfico para evitarlo.

▶ La Universidad de Oxford trabaja en Safe Paths, un aplicativo móvil con fines similares, y en Italia está cerca de lanzarse una versión análoga. El concenso por la emergencia parace ser: no hay tiempo para legislar sobre este tipo de medidas extremas.

En un su Twitter, el científico Christophe Fraser presenta el esquema de rastreo de contactos previos de un paciente contagiado de Covid-19. 

▶ En Singapur, Trace Together permite conocer si estás cerca o no de alguien con Covid-19. La isla es uno de los 11 lugares más vigilados del mundo por cámaras CCTV, lo que ha permitido a los detectives policiales buscar activamente a los contagiados, para aislarlos y evitar la propagación.

En Singapur puedes conocer sobre contagios a tu alrededor con TraceTogether.

▶  Por su parte, Hong Kong innovó usando geocercos: además de apelar a la transparencia ciudadana y llamadas sorpresa del gobierno, colocó pulseras a todo aquel que llegó a su aeropuerto. Sincronizada con una app, la pulsera colecta señales de conexiones Wi-Fi o Bluetooth, las que permiten monitorear si su dueño se aleja o abandona su lugar de cuarentena.

Las pulseras para rastrear pacientes en Hong Kong ostentan una interesante tecnología, pero por este testimonio, también presentan algunas fallas.

“La observación intrusiva será el precio a pagar por la seguridad la libre interacción con otros”, vaticina Litchfield.

 

Un mundo nuevo

Si la cultura cambia, los nuevos ciudadanos harían colas a un metro de distancia, los nativos digitales harían más homeschooling que nunca y los empleados oficinistas teletrabajarían con la misma eficiencia desde casa.

Si la economía cambia, los negocios que dependen de la gente serán afectados: los restaurantes y comedores deberán fortalecer su estrategia de repartición a domicilio y los gimnasios, dar clases fitness online o repartir equipamiento de ejercicio a casa. Las importaciones se detendrán, se fortalecerán las cadenas productivas locales, y las oficinas físicas quedarán obsoletas.

Pero si el derecho a la privacidad cambia, las aerolíneas y los edificios de gobierno, al igual que los eventos, demandarán que uses sensores que midan tus signos vitales, o de lo contrario, te pedirán pruebas de inmunidad o verificación digital de la vacuna anti-el-coronavirus-del-momento.

Habrá un nuevo nivel de rastreo: “si no somos cuidadosos, la epidemia podría marcar un importante hito en la historia de la vigilancia (…) una trasición dramática de ‘por encima de la piel’ a ‘bajo la piel’”.

Si un gobierno solicitase que usemos un chip para saber si estamos enfermos, y de este modo detener una pandemia en cuestión de días, este mismo gobierno podría aprender, gracias a los algoritmos, qué nos hace reír, qué nos hace llorar, y qué nos hace ponernos furiosos. Será fácil identificar la alegría, el aburrimiento y el amor con el mismo algoritmo con el que se identifica la fiebre: todos son signos biológicos detectables.

¿Si Kim Jong-un supiera que a alguno de sus ciudadanos le enfurece sus discursos a la nación, lo dejaría tan suelto de huesos?

 

Salud y privacidad, ¿el agua y el aceite?

En una postura optimista, Harari cree que “podemos gozar de salud y privacidad” juntas. Si bien Corea del Sur, Taiwán y Singapur confiaron en ciertas aplicaciones de monitoreo, también emplearon las pruebas masivas de parte de sus funcionarios sanitarios, en la honestidad de la información ciudadana, y en las ganas de cooperar e informar bien a su público.

“Esto nos enseña que las medidas drásticas no son la única forma de hacerle frente una emergencia como la actual. La motivación y la buena información para una sociedad son a menudo más poderosas y efectivas que una población ignorante y perseguida por la policía”.

Es menester, para el autor, que –al igual que ocurrió con la cultura del lavado de manos que hoy salva millones de vidas– la sociedad civil vuelva a confiar en la ciencia y en las autoridades y medios de comunicación responsables.

Las medidas drásticas no son la única forma de hacerle frente una emergencia como la actual.

“Cada uno de nosotros deberá escoger si confiar la información científica y a los expertos de la salud antes que a teorías de la conspiración y políticos con intereses personales”.

Los monitoreos tecnológicos son de ayuda, pero no deben ser excusa para organizaciones privadas ni gobiernos todopoderosos: estos deben seguir rindiendo cuentas sobre sus decisiones. Y será tiempo, acaso con motivo de la pandemia, de pensar sobre los códigos éticos de una era distópica que hoy empequeñece a Black Mirror.

 

Daniel Meza
Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, tecnología que suma

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