Al Super Bowl, super NO

Cuando no todos los deportes son saludables

El pasado domingo 3 de febrero se llevó a cabo por tercera vez en Atlanta la 53ª final del Super Bowl LIII. New England Patriots derrotó 13-3 a Los Angeles Rams en el Mercedes-Benz Stadium, consagrándose campeón de la temporada 2018 de la National Football League (NLF).

Parido en 1882 como resultado de la cruza entre el fútbol y el rugby, el deporte más popular en los Estados Unidos es además uno de los negocios más ambiciosos del país. Pero la pasión por éste deporte esconde (mientras pueda) una enfermedad silenciosa y degenerativa para aquellos gladiadores del nuevo milenio: Encefalopatía Traumática Crónica (ETC). N+1 repasa en éste reporte el lado oscuro del fútbol americano, una práctica inmoral e inaceptable en nuestros días.

ETC es una abreviatura que se extiende horrorosamente en muchas historias. Justin Strzelczyk, ex tackle ofensivo del equipo de los Acereros de Pittsburgh, se estrelló a los 36 años de edad contra un camión cisterna a una velocidad de unos 140 km/hora. El ex guardia ofensivo de los Steelers, Terry Long, se suicidó a los 41 años tras ingerir cuatro litros de anticongelante. Andre Waters, ex seguro de los Philadelphia Eagles, también se suicidó a los 44 años de edad. El guardia ofensivo Tom McHale murió de una sobredosis de drogas a sus 45. Dave Duerson de 50 años, disparó su propio gatillo adjuntando una nota en su lecho: "Por favor, den mi cerebro a la investigación". Todas éstas personas fueron diagnosticadas póstumamente de la misma enfermedad.

La Encefalopatía Traumática Crónica (originalmente conocida como "demencia de los boxeadores") es una enfermedad neurodegenerativa similar a la enfermedad del Alzheimer, y causada por lesiones frecuentes en la cabeza, lo que resulta en la deposición anómala de la proteína Tau en todo el sistema nerviosos, desencadenando el aniquilamiento de las células cerebrales. Los síntomas típicos de ETC son la depresión, pérdida de memoria, demencia y comportamiento suicida.


Izquierda Cerebro Sano - Derecha Cerebro con ETC fase avanzada.
Fuente: Universidad de Boston - Centro de Estudios de Traumatismo Encefalopático.
 

Una de las historias más destacadas de los últimos años lleva el nombre de Aaron Hernández, excelente jugador de los New England Patriots, quien fue acusado de asesinato y condenado a prisión. En 2017 y a sus 27 años, Hernández se ahorcó en la celda. El examen postmortem de su cerebro también acusó signos de ETC.

"Iron Mike" Webster (centro y número 52 de los Pittsburgh Steelers) fue el primer jugador de fútbol americano diagnosticado oficialmente con ETC. Si bien Webster murió de un ataque al corazón en el 2002, el Dr. Bennett Omalu insistió en preservar el cerebro para futuras investigaciones y esto marcó el comienzo de la principal historia deportiva de nuestro siglo.

Luego de los estudios autopsicos efectuados en el 2017 por Omalu sobre los cerebros de Long, Strehchik, Waters y otros jugadores, se arribó por primera vez a los métodos de diagnóstico intravital.

Esta enfermedad es totalmente invisible para los jugadores, pero no para sus seres queridos. La ETC genera más daño que las lesiones visibles ya que destruye la personalidad del individuo.

Los familiares de Webster indicaron que "había dejado de ser él mismo", sufría episodios de confusiones, ataques feroces de ira e insomnio. La privación del sueño lo enloqueció al punto tal de que le pidió a un amigo que le disparara con la esperanza de perder la conciencia. Webster se divorció de su esposa, vivió en un automóvil y no pudo dar una entrevista: su pensamiento no lograba hilar puntada. Afortunadamente, el jugador obtuvo el reconocimiento oficial de discapacidad por parte de la NFL y los pagos correspondientes. Además, por primera vez, un documento emitido a la Comisión de Pensiones de la Liga de Webster declaró que su demencia y sus graves consecuencias físicas fueron causadas por lesiones en la cabeza cuando jugaba al fútbol. Pero en el año 2000 nadie lo supo. Y durante muchos años más la NFL negaría cualquier vínculo entre el deporte y los desórdenes cerebrales.

A principios de la década de 2010, la especialista en Alzheimer Anne MacKey, continuó profundizando las investigaciones gracias a las donaciones de cerebros de ex jugadores de la NFL, convirtiendo a la Universidad de Boston como el "banco de cerebros preferido". MacKey recaudó 45 cerebros, de los cuales 44 presentaron signos de ETC. En 2017, el mismo equipo de investigación publicó un artículo sobre 111 jugadores muertos: 110 padecían ETC.

Si bien hacia 1994 la NFL contaba con un Comité para Lesiones Cerebrales Leves (MTBI, por sus siglas en inglés), el diagnóstico de su inexperimentado reumatólogo de cabecera Elliot Pellman, solo anunciaba que los temblores cerebrales eran simplemente parte de la profesión.

El comportamiento de la NFL en relación con la ETC a menudo se compara con el de las compañías tabacaleras, que negaron obstinadamente la relación entre fumar y el cáncer de pulmón. Incluso, la NFL publicó "estudios" donde subrayó fuertemente la ausencia de consecuencias a largo plazo de las conmociones cerebrales para la salud; ocultó datos desfavorables, investigadores intimidados y jugadores que se atrevieron a oponerse; cuestionaron constantemente el trabajo de Omalu, MacKey y otros científicos; y cuando finalmente ya era imposible negarlo todo, la cuestión comenzó a representar una preocupación activa.

En 2007, el nuevo presidente de MTBI, el neurólogo Ira Casson, se ganó el apodo de "Doctor No" luego de sus cortantes declaraciones en una entrevista con HBO Real Sports tras las preguntas sobre la conexión entre las lesiones cerebrales, la depresión, la demencia y el Alzheimer. La NFL por su parte, se negó categóricamente a responderle a los autores del bestseller 2013 "League of Denial" y su película homónima, resultado de las investigaciones más autorizadas sobre éste tema.


Proteína Tau: corte de los lóbulos temporales en tres cerebros con diversos grados de daño ETC. 
Fuente: Universidad de Boston - Centro para el Estudio de ETC
 

El lanzamiento de la película “Concussion”  2015) ayudó a popularizar la creciente amenaza de la ETC y hoy en día aparecen más y más artículos en los medios cuestionando que ver los juegos de la NFL es simplemente poco ético, ya que la liga desarrolla todo un negocio multimillonario a cambio de los desenlaces fatales de los jugadores que se suscriben.

En promedio la NFL gana US$14.000 millones al año, algo así como las estimaciones de la fiscalía estatal sobre las ganancias totales del narcotraficante mexicano Joaquín Archivaldo Gusman Loira, también conocido como El Chapo.

A modo de ejemplo, el Super Bowl 2018 en Minneapolis contó con una audiencia en estadio de más de 67.000 personas y otros 103 millones de espectadores vieron el juego en NBC. El canal ganó más de US$400 millones en publicidad durante los entretiempos. La situación se torna aún más injusta para aquellos adolescentes y jóvenes de los equipos escolares y universitarios que ni siquiera cobran por su participación, sino que se los considera aficionados (y en su estado más vulnerable).

La profesora de filosofía de la Universidad de Missouri, Pamela Sailors, en un artículo de 2015 concluyó que el fútbol americano en su forma actual es moralmente inaceptable.


Cerebro de un jugador de 18 años con ETC.
Fuente: Universidad de Boston - Centro para el Estudio de ETC
 

Varios miles de jugadores demandaron a la NFL por no haber sido correctamente informados acerca de las consecuencias a largo plazo de las lesiones: en el folleto de la liga 2007, ésta se limitó a aclarar que si después de cada sacudida el jugador recibía la atención médica necesaria, entonces no habría contusiones. Esta demanda finalizó con un acuerdo previo al juicio, en el cual la NFL indemnizó a los demandantes con US$765 millones, pero nunca admitió su culpabilidad.

En 2016, Jeff Miller, vicepresidente de Salud y Seguridad de la NFL, reconoció explícitamente la existencia de un vínculo entre este deporte y la ETC, citando incluso la investigación de McKee. Pero los propietarios de los equipos se opusieron rotundamente acusando escaséz de pruebas y solicitaron una examinación profunda. Irrisoriamente, si bien la NFL asignó US$100 millones para tal fin, en el primer año de funcionamiento del programa sólo se realizó un estudio.

Debido a esta postura, todas las reformas reglamentarias de la liga acaban siendo procesos lentos y superficiales, diametralmente opuestas a los finales nefastos de sus víctimas.

El neuropsicólogo Robert Stern de la Universidad de Boston, asegura que un jugador profesional de fútbol americano recibe de entre 1000 y 1500 golpes duros por año: un promedio de cuatro veces al día. Si el jugador realmente entiende el significado de estos riesgos y aún así decide participar en el juego, pues el consentimiento será su responsabilidad. Pero si la información es silenciada sistemáticamente por personas que persiguen un interés financiero, entonces no es ético apoyar esta práctica. La negativa a ver el Super Bowl y los juegos principales de la temporada no es tan solo una mirada pasiva: es la caída irremediable del deporte más popular y enfermizo de los Estados Unidos.
 

Olga Dobrovidova, adaptado por Sofia Dottori

Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma.

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