La pandemia y el fin del mundo moderno

Un repaso histórico sobre las corrientes de pensamiento que dieron forma a la civilización y que hoy nuevamente son puestas a prueba

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La modernidad se abrió paso a través de una serie de eventos históricos con gran repercusión social. Para los historiadores la caída de Constantinopla en 1453 es el punto de quiebre entre el antiguo orden y una nueva época. Sin embargo, para que los cambios se desaten hicieron falta otros hechos igual de distintivos como la invención de la imprenta o el descubrimiento de América.

La modernidad significó principalmente un cambio profundo de mentalidad. La época del servilismo y del oscurantismo feudal fue reemplazada por una confianza mayor en la razón y en la ciencia. En sus inicios se desató una Revolución Científica que inspiró un radical cambio en la cosmovisión intelectual, además del surgimiento del método científico. Filosóficamente se gestó la Ilustración, un movimiento que marcó el espíritu de esta nueva época. Sus pensadores demostraron un gran apego social y promulgaron ideales políticos progresistas, pues muchos de ellos estuvieron dedicados a la defensa de la ciencia, la libertad, la igualdad, la educación universal, la democracia, el humanismo y el continuo progreso de las sociedades.

Para proseguir es importante distinguir entre la modernidad como un episodio histórico que fue seguido por la edad contemporánea y a la mentalidad que evoca actitudes ilustradas, es decir que busca respuestas mediante la razón, la ciencia y el humanismo.

Pese a los movimientos desatados contra la Ilustración (romanticismo, fascismo, revolución conservadora alemana), y luego de la barbarie del siglo XX y la tensión política vivida durante la Guerra Fría Occidente, la estabilidad social finalmente parecía prevalecer. A finales del siglo XX el politólogo Francis Fukuyama pregonó el Fin de la Historia, es decir, el triunfo final del liberalismo político y de la economía de mercado por sobre los modelos de gobierno autoritarios y otras concepciones socio-políticas.

La caía del muro de Berlín y la disolución de la URSS, el “milagro” económico de Japón y de Corea del Sur, la apertura de la economía china hacia el libre mercado y la modernización tecnológica eran indicios de que la tesis de Fukuyama podría ser correcta. Sin embargo, en los años que le siguieron, la crisis provocada por la burbuja inmobiliaria del 2008 sirvió para que la desconfianza y la ignorada crítica volvieran a ser visibles.

Tras la recuperación del poder económico internacional, la aparición del Internet 2.0 renovó las relaciones sociales y el mundo experimentó un acercamiento mayor en el siglo XXI. Los beneficios del libre mercado se tradujeron en el aumento de oportunidades laborales, un flujo migratorio y turístico sin precedentes, intercambios estudiantiles en cantidad y una interdependencia económica que ayudó a frenar los arrebatos bélicos de antaño.

En paralelo, los frutos de la modernidad eran también notorios en el plano científico. Con el aumento de la calidad educativa y su universalización se aceleró el avance científico. Sus más recientes resultados son la aparición de tecnologías con capacidades sorprendentes como la inteligencia artificial, la ingeniería genética y la nanotecnología y la reaparición mundial del interés por la exploración espacial.

 

El rostro de las últimas décadas

Pese a todo lo anterior, la salvaje explotación de recursos y el aumento de gases de efecto invernadero en la atmósfera surgieron como nuevos motivos de preocupación internacional. A su vez, el descontento social por los abusos de Estados Unidos y sus aliados en medio oriente iniciaría una ola de terror que minaría la tranquilidad aparente de Occidente y los obligaría a fijaría la vista en otras latitudes del orbe, zonas que para la mayoría habían permanecido invisibles y que con sangre pretendían hacerse escuchar. Al Qaeda y el Estado Islámico de Irak y Levante (ISIS) emprendieron su contienda contra el mundo occidental.  

En la última década la desconfianza social alimentaría fantasmas del pasado como el nacionalismo y la extrema derecha populista en Europa, hoy con Hungría y Polonia como referentes, y en América con los gobiernos de Donald Trump y Jair Bolsonaro. Por otro lado, China emprendió una carrera ambiental sin igual y otra tecnológica tras haberse posicionado como una de las mayores economías, mientras aumentaba significativamente la vigilancia sobre sus ciudadanos; y Rusia silenciosamente iría acercándose a otros gobiernos de la región (Turkmenistán y Kazajtan  (Marlene Laruelle, 2019)) y ganando el favor de grupos pro-rusos en los países que alguna vez fueron parte del Imperio soviético como Ucrania y Bielorrusia.

Antes de que iniciara el brote de SARS-CoV-2 en la ciudad de Wuhan y se expandiera al mundo, la sociedad global atravesaba fuertes discrepancias políticas. La izquierda en América Latina había decepcionado a sus electores y la marca de Odebrecht arrastraba una larga cadena de autoridades corruptas. El bloque Irán-Rusia-China se erigía como una amenaza para los intereses de Estados Unidos, a la par que Europa se desmembraba con el Brexit.

También es sabido que las condiciones de vida previas de muchos millones de personas no cumplían los estándares que la vida moderna nos brinda. Apenas se desató la pandemia, una de las mayores estrategias para frenar el coronavirus era el lavado de manos y el aseo personal. ¿Se imaginan la cantidad de personas para las que esta simple tarea era imposible? Para el año 2016 cerca de 780 millones de personas en el mundo no tenían acceso a fuentes de agua potable.

Y no nos olvidemos de la situación precaria de muchas poblaciones, como la palestina en la Franja de Gaza, la siria recientemente azotada por la guerra, la población africana (Chad, Sudán, Etiopía, Congo, y otras) sumida en pobreza extrema y las polinesias en donde el sistema de salud es bastante limitado.

El caso peruano no era diferente. Según el informe del INEI de Octubre del 2019 el 90.7% de la población peruana tenía acceso a agua potable mediante una red pública, y de estos, el 85.4% tenía acceso a dicha red dentro de sus viviendas (los demás usan una fuente externa o un pilón público). Esto quiere decir que cerca de 3 millones de peruanos no gozan de acceso a agua potable

Tampoco es un secreto que el Sistema de Salud peruano no se diera a basto desde antes del brote de coronavirus. Meses antes de que el COVID-2019 llegara a Perú, la ex ministra de salud Zulema Tomás aceptó las carencias tecnológicas de los hospitales regionales, entre ellos la falta de respiradores  e incubadoras. Algunos hospitales en Lambayeque fueron observados por la Contraloría debido a que tenían equipos obsoletos e infraestructura dañada, mientras que la Cámara de Comercio de Lima diagnosticó que cerca del 60% del equipamiento médico de los hospitales en el país, estaría obsoleto.

Ahora, tras la proliferación del SARS-CoV-2 en el mundo y las medidas de distanciamiento social, cuarentena y restricción de libertades, no solo se han hecho notar las carencias de una clase política que no supo reducir las diferencias sociales, sino que además de recrudecer la necesidad social, ha vuelto a despertar el descontento ideológico y nuevos escenarios para los tiempos posteriores a la pandemia se discuten.

 

Capitalismo de vigilancia

Para el filósofo surcoreano Byung-Chul Han el capitalismo como sistema económico no será vencido por el virus. Por el contrario, muy probablemente el capitalismo resurja, tome como impulso esta crisis y se afiance completamente renovado. No es muy descabellado si recordamos las tantas veces que muchos intelectuales profetizaron el final del libre mercado con poco éxito. No obstante, considero que lo más probable es que de suscitarse este pronóstico, el capitalismo retorne en una forma que en los últimos años se ha venido discutiendo en los círculos académicos: como el capitalismo de vigilancia anunciado por Shoshana Zuboff.

Para entender este fenómeno resulta importante adentrarse en los adelantos tecnológicos recientes, aunque sea de manera somera. La Cuarta Revolución Industrial que atravesamos ha proveído avances tecnológicos que prometían cambiar incluso el quiénes somos. Sus herramientas clave son un conjunto de tecnologías de la información de última generación con las cuales manejar grandes volúmenes de datos se vuelve una tarea que toma tan solo algunos segundos. La inteligencia artificial, la ciencia de datos, la Big Data, conectividad 5G y el internet de las cosas forman parte del Big System de la Industria 4.0. Se trata de un sistema computacional que recolecta y procesa datos del entorno físico y es capaz de proyectar eventos de diversa índole con suma facilidad en tiempo real.

El capitalismo de vigilancia es una renovación del sistema económico para la Cuarta Revolución Industrial. A través de una nueva modalidad informática y de la mano de compañías inmensas como Google, IBM o Facebook, el capitalismo de vigilancia accede a los datos de la vida de los usuarios y las transforman en nuevas materias primas que serán procesadas y vendidas a otras empresas. El fin de este mecanismo es desarrollar estrategias de nudging (empuje) para modificar conductas sociales y estimular la compra personalizada. 

En vista de que el distanciamiento social ha reducido la actividad presencial en muchos rubros productivos, por ello las circunstancias han empujado a los gremios económicos a adoptar de manera masiva nuevas formas de trabajo en línea y a larga distancia. También las actividades académicas han sufrido un tránsito hacia el uso de plataformas digitales. Países como el nuestro han sido empujados a considerar medidas para las que nuestra infraestructura no estaba preparada.

En países más desarrollados como Alemania, Inglaterra, Francia, Estados Unidos o Chile, Brasil y Colombia, el capitalismo de vigilancia puede que sea una opción tras esta crisis ya que la probabilidad de que este sea el envite necesario para que las empresas tengan mayor acceso a nuestras vidas es bastante alta.

 

Totalitarismo digital

Pero este no es el único escenario posible tras la pandemia. Es evidente que el temor a que se susciten más contagios y la necesidad de que se rastreen a los portadores y se les mantenga en cuarentena ha invitado a muchos Estados a desarrollar herramientas tecnológicas de gran alcance. Aplicaciones y portales web son los medios con que se hace seguimiento de la situación de los infectados en todo momento y se controla la propagación del covid-19, pero comienza a despertar ciertas dudas sobre la seguridad de los datos personales.

Frente a este panorama de apariencia orwelliana el temor que expresa Zizek al preguntarse en su reciente libro Pandemic! Covid-19 Shakes the World! acerca de si estos cambios nos conducen a un futuro como el de la sociedad china es válido. ¿Es acaso que nos depara una sociedad en que la vigilancia sistematizada y el autoritarismo nacionalista recorten las libertades de sus ciudadanos?

Incluso el mismo Byung-Chul Han refiere que existen posibilidades de que el modelo de gobierno y vigilancia china se exporte a Occidente, principalmente a Europa en donde la lucha contra el coronavirus parece estar fracasando. Es en vista de la efectividad demostrada por la confianza que comunidades como Hong-Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán depositaron en la ciencia de datos, la Big Data y otras innovaciones tecnológicas (incluidas las cámaras de reconocimiento facial) que algunos colectivos puedan adherirse a las llamativas promesas del control digital.

Antes de darlo por hecho, Han invita a recordar que la cultura asiática está impregnada de un colectivismo mucho más fuerte que en Occidente, además de un estilo de vida más organizado que garantiza mayor sumisión frente a la autoridad estatal. Sobre este escenario Zizek se muestra un tanto más preocupado y espera que en Occidente, al menos, la reciente cuota de poder entregada a los gobernantes sea respondida con el deber de que demuestren que el sistema puede servir sin recurrir al secretismo y control autoritario de otros gobiernos, como el chino. Tanto él como Han confían en que la razón prevalezca y empuje a la sociedad en otra dirección.

Al igual que en el capitalismo de vigilancia, no en todos los territorios ni regiones este modelo será igual de aplicable. La realidad es que basta recordar que un primer paso para conseguir semejante control informático es asegurar la nacionalización del ciberespacio, un frente de batalla emprendido por países con capacidad tecnológica alta y escaza libertad social como Rusia, donde planean tener pronto su propio Internet, Irán y China. Por este motivo, si bien no debe descartarse del todo esta opción, el temor que de un totalitarismo digital se posee debería virar hacia el origen de dichos gobiernos: los movimientos nacionalistas y populistas.

 

El eterno retorno

Uno de los factores de riesgo del mundo moderno será el aprovechamiento que de la crisis harán los movimientos de derecha radical, patrioteros y postfascistas. Al puro estilo fascista, estas agrupaciones podrían azuzar el descontento de las masas y volver a pregonar sus vítores a las tradiciones, sus críticas a la modernidad, su ensalzamiento del militarismo y la “vuelta a un retorno glorioso” de la mano de un “salvador”.

Este intento por socavar y minar las instituciones democráticas ha sido una constante en los últimos años. Como indica Harari, la cooperación ahora necesaria no es muy notoria debido a la anterior actuación de políticos xenófobos y aislacionistas. El riesgo de que nuevos gobiernos de facto y autoritarismos terribles se presenten es evidente.

Obviamente, no todos comparten este enfoque. Una visión diametralmente opuesta es sostenida por el ruso Aleksander Dugin y el francés Alain de Benoist, representantes de la Cuarta Teoría Política, una corriente de extrema derecha nacionalista y conservadora en el mundo. En sus discursos la crítica de lo que despectivamente llaman “ideología de los derechos humanos”, la crítica de la globalización, el rechazo al mestizaje, el manifiesto deseo y necesidad de volver a revivir tradiciones y la condena del liberalismo son constantes.

Para estos autores, la globalización debe ser superada por un mundo multipolar y la pandemia es el punto de quiebre. Su visión del mundo se limita a hacer rebrotar naciones e imperios culturales como en antaño, a revitalizar los grupos humanos alrededor de sus culturas y sus etnias. Estos grupos civilizatorios tendrán que apuntar a la autosuficiencia y, por su retórica, deberían rechazar el mestizaje, el intercambio cultural y cualquier intento de globalización. Lo triste es que incluso Dugin es incapaz de prever qué podría seguirle al renacimiento de los espíritus nacionales (Dasein) una vez desplegados y no descarta lo que Zizek también anunciara en su libro, que el aislamiento de las naciones pueda conducir a guerras.

Esta visión neo-feudalista es problemática. Sobre todo porque difícilmente la sociedad virará hacia tiempos pasados, al menos no por mucho tiempo. Una vez expuestos ciertos ideales, estos no encuentran retorno hacia el olvido. Tal cual ocurrió con la proclama que de la libertad de los hombres hicieran los pensadores del siglo de las luces, esta no cesó en sus victorias ni mucho menos en intentar imponerse.

Una vez sabido que los hombres somos todos iguales y que el ideal de progreso requiere de personas representadas de misma forma ante la ley, la contienda entre la discriminación y la igualdad ha seguido presente. De misma forma, toda una generación que vivió las bondades de un mundo conectado, globalizado, en el que las fronteras se disipaban, difícilmente aceptará en silencio el intento de ciertos oscurantistas por dividir a las comunidades y reclamar una cuota de poder sobre las vidas de sus ciudadanos. Lo siento populistas, pero como diría Steven Pinker, ustedes pertenecen al lado oscuro de la historia.

 

¿Interdependencia y cooperación?

Como parte de su retórica antimodernista, el filósofo ruso Alexander Dugin ha esgrimido una crítica total a los que considera los “mitos” de la globalización. Dentro de sus observaciones asevera que ha sido expuesta la ineficacia de la interdependencia de países a nivel mundial, a la vez que aboga por la eficacia de los gobiernos no liberales y estados centralizados para lidiar con la crisis sanitaria. Revisémoslas.

La primera aseveración resulta falsa si recordamos los esfuerzos de la comunidad científica internacional por contribuir en la búsqueda de una vacuna o algún tratamiento efectivo contra el SARS-CoV-2.

El 31 de Enero un gran número de fundaciones, centros de investigación y revistas internacionales se comprometieron a compartir gratuitamente los artículos y estudios relevantes para la crisis. Entre los firmantes están incluidas la revista Nature, british Medical Journal y la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia  (AAAS) entre muchas más.

A ello sumémosle que el Centro de Información ELSEVIER ha otorgado acceso libre a los artículos e investigaciones relacionadas al Covid-2019, lo cual incluye la reutilización y permisos para analizar indistintamente los datos, además de compartir información sobre los mejores tratamientos y cuidados para los infectados. 

Unidos por la causa científica, otros centros de investigación comparten datos abiertos sobre el genoma del virus para apoyar experimentos a nivel internacional como Insilico Medicine y la base de datos proveniente de Sequence Read Archive y GenBank que se halla disponible en el portal de la NCBI. Información similar se puede hallar también en la plataforma de la iniciativa alemana GISAID, para la cual distintos biólogos evolucionistas comparten estudios filogenéticos del SARS-CoV-2.

Y no olvidemos las iniciativas de cooperación política internacional que se han suscitado. En Febrero el Departamento de Estado de E.E.U.U. envió 17.8 toneladas de suministros médicos, entre guantes, respiradores, mascarillas y otros, a China. Un gesto que se creería poco desinteresado, ya que sirvió como propaganda de la dadivosidad americana, pero que de seguro alivió en algo la demanda médica.

Continuando con la costumbre de apoyar con personal médico, a lo largo de la pandemia Cuba ha desplegado delegaciones de atención médica y sanitaria en cerca de 30 países entre los que se incluye Italia. Y, aparentemente ya recuperado, el gobierno chino no ha dudado en enviar equipos médicos y de seguridad a diferentes países del mundo como Italia, Liberia, Filipinas, República Checa y Serbia. 

Ahora que Estados Unidos concentra la mayor cantidad de infectados, tras una conversación entre los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin a inicios de Abril, Rusia envió un cargamento de 60 toneladas de material médico para apoyar a Estados Unidos en su lucha contra el coronavirus.

Por si lo anterior no fuera suficiente, es importante recordar las cantidades inmensas de alimentos y bienes que se exportan para satisfacer la necesidad de industrias y personas a nivel mundial. Ahora, con mayor razón, la búsqueda de una solución en conjunto demandará que las fronteras económicas sean más flexibles para que los fármacos con aparentes efectos positivos como el rendesivir, cloroquina o interferón puedan ser distribuidos por los países productores en todo el mundo por si aprueban los estudios con voluntarios.

De Benoist y Dugin comparten la visión de un mundo con naciones autosuficientes y no dependiente, una suerte de aislacionismo colectivo. Como lo explica Kahhat, los populismos y nacionalismos han conducido a un proteccionismo económico que suele estimular las exportaciones por sobre las importaciones. Un mecanismo usual es el despliegue de barreras arancelarias para impedir la importación de bienes extranjeros. Si el mundo tiende al proteccionismo las barreras se neutralizarían y se desataría el caos. Aislarse y cerrar fronteras económicas no es una buena opción. Si así fuera, esto significaría una victoria pírrica para el antimodernismo. El nacionalismo en sus versiones más críticas de la modernidad ha demostrado su fracaso anteriormente, por ello no parece ser el mejor futuro para la humanidad (Kahhat, 2020).

Sobre la segunda aseveración, es cierto que gobiernos totalitarios pueden tomar acciones velozmente, pero las emprendidas por China, como soldar las puertas de las casas de los residentes infectados, no distribuir los equipos de seguridad donados por la Cruz Roja, no atender a quienes no pueden pagar los servicios médicos y un hospital que es casi una prisión, no fueron muy humanitarias y evidencian una vez más los límites del autoritarismo. No olvidemos que el secretismo de los gobernantes chinos, al puro estilo soviético en Chernobyl, agravó la situación al censurar al descubridor de la epidemia, el doctor Li Wenliang, y minimizar el brote durante sus inicios.

Un ejemplo del rotundo fracaso autoritario es el de la República Islámica de Irán. Este país en el que la religión se impone políticamente ha sido duramente golpeado por la pandemia. Internamente el gobierno del Ayatola Ali Khamenei vivía duros momentos tras las protestas sociales provocadas por el aumento del costo del petróleo y el asesinato del General Soleimaini. Al inicio de la pandemia, el gobierno hizo caso omiso de las recomendaciones especializadas y se enfrascó en denunciar que el SARS-CoV-2 era parte de un ataque bioterrorista americano-sionista para afectar a personas con ADN iraní. Ahora, luego de haber rechazado programas de asistencia médica estadounidense y ante una crisis que lo obliga a reiniciar actividades económicas a pesar de la cantidad de contagiados, Irán ha tenido que recurrir a la cooperación internacional y solicitar un préstamo de 5 mil millones de dólares al Fondo Monetario Internacional.

Además, como indica Naomi Klein, existen repúblicas que no se han sumido en el autoritarismo para gestionar adecuadamente la pandemia, sino que respetando sus sistemas democráticos han ejecutado acciones efectivas para aplastar la curva. Algunos de estos casos son Nueva Zelanda, Islandia, Corea del Sur, Dinamarca, Georgia o Canadá. La clave del éxito de estas democracias ha sido la posesión previa de un sólido sistema de salud, la anticipación, el testeo masivo de ciudadanos.

Si somos realistas, hasta cierto punto podemos coincidir con Benoist y Dugin pues algunas democracias han fallado en la contención del virus. Estados Unidos, Brasil, México, Italia, Reino Unido son ejemplos de ello. En definitiva, no todas las repúblicas han actuado responsablemente, pero al menos, como indica Harari, en los gobiernos democráticos existe la posibilidad de deponer a los gobernantes por sus errores. En cambio, en los gobiernos autoritarios o populistas el culpable siempre será el extranjero o el traidor interno que no colabora para que las medidas dictaminadas funcionen. Esta actitud fue evidente tras las acusaciones mutuas de los gobiernos de China y EE.UU. sobre el supuesto origen artificial del coronavirus, declaraciones que alentaron una serie de teorías conspirativas entre los discursos izquierdistas y derechistas radicales y alentaron la desinformación de la sociedad.

 

Continúa la próxima semana...

 

Piero Gayozzo es Colaborador Especializado del Club N+1 para la Popularización de la Ciencia. Fundó y actualmente es Sub-Director del Instituto de Extrapolítica y Transhumanismo (IET).

Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Peruana de Filosofía Aplicada Nro. 17 “Filosofía de una Pandemia” el día 19 de Abril del 2020. ISSN 1024-1531. 

Sobre N+1: Es la primera revista online de divulgación científica y tecnológica que permite la reproducción total o parcial de sus contenidos por medios de comunicación, bloggers e influencers, realizando la mención del texto y el enlace a la web: “Esta noticia ha sido publicada originalmente en la revista N+1, ciencia que sumawww.nmas1.org”. 

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