Crónica de una sequía anunciada

El río Paraguay es el nuevo desoído, el siguiente muerto que nos sigue dando vida para continuar siendo hijos del rigor

 Río Paraguay. Fuente Pixabay.

Hay señales tan claras que a veces se vuelven áridas, rígidas, tirantes. A los ríos recién se los escucha cuando ya no les queda saliva. Entonces nos toca hablar a nosotros, infelices que no creemos habiendo visto. El río Paraguay es el nuevo desoído, el siguiente muerto que nos sigue dando vida para continuar siendo hijos del rigor. Así es el ciclo ingrato del hombre contra el agua.

Cuando lo bautizaron, sus raíces guaraníes se desbordaron de inspiración. Elocuente lengua madre rebalsó de significados el embalse que nunca tendría. “Paragua” por la tribu indígena payagua, y “ay” significa agua o río. Pero también es “corona de palma y agua”, “agua como el mar” -por la Bahía de Asunción; o “aguas adornadas”; “río que origina el mar”; “cola del mar”; o muy paradójicamente “río de las muchas aguas”. Era justo precisar que su esencia es el agua, la misma que hoy denuncia la mayor ausencia desde los últimos 50 años.

Paraguay es víctima de una sequía extrema disparada por el fenómeno de La Niña, evento cada vez más frecuente debido al calentamiento global. La falta de precipitaciones en la región de Mato Grosso, donde nace su arteria fluvial insigne, es desesperante. Desde allí, el río peregrina pausado hacia el sur, con una leal caridad cosmopolita, dejando Brasil para besar a Bolivia, retozar luego en su homónimo y finalmente hermanarse con Argentina. Su caudalosa risa tiene las comisuras secas. Con una caída de su nivel de hasta cuatro centímetros diarios, el rio ya no ríe, y tampoco llora. Las imágenes satelitales tomadas por la red europea Copérnicus son irrefutables. El “río de las muchas aguas” se deshidrata lentamente, con el silencio de una agonía que apenas se inicia.

Zona de San Antonio al sur de Asunción, en octubre de 2018 (arriba) y octubre de 2020 (abajo). Fuente: Copernicus Sentinel 2018 obtenidos con EO Browser - Sentinel Hub.

Lo único que se está ahogando es la economía del país. El 85% del comercio exterior sucede a través de él. La navegación acusa una realidad crítica. En pocos días ningún barco podrá acceder a Asunción, donde según la Agencia Nacional de Hidrología de Paraguay, el nivel se encuentra a 47 centímetros por debajo del cero hidrométrico, el cual se sitúa a tres metros bajo el nivel medio del cauce. Los buques de carga no tendrán puerto ni de llegada ni de salida, puesto que la profundidad mínima de navegación requiere de al menos 3,60 metros en la columna de agua. El Centro de Armadores Fluviales y Marítimos informó que las pérdidas materiales ya han alcanzado los US$250 millones. Un sufrimiento que ha sido completamente opcional. Pero el dolor era más que evitable.

Mientras las implicancias zarpan una tempestad de sobrecostos en el transporte de alimentos, combustibles, fertilizantes y demás bienes importados, un cataclismo ambiental de dimensiones regionales naufraga con previo aviso. La desertificación que hoy afecta al río Paraguay es la misma que atenta contra el corredor de agua dulce más extenso del planeta: el Sistema de Humedales Paraguay-Paraná. Escarapela del pecho de la Cuenca del Plata, la segunda mayor de Sudamérica, y con 3400 kilómetros de ríos libres de represas, este macrosistema abraza una superficie sin fronteras. Desde el Pantanal brasileño hasta el Delta del Paraná se reflejan los síntomas cristalinos de la emergencia climática del siglo.

Según la FAO, la masa forestal de Paraguay ha disminuido drásticamente desde 1950. La ONG Sobrevivencia señala que la destrucción de la Selva Amazónica, ecosistema clave para la humedad de la Cuenca del Plata, se ha acelerado de manera considerable en las últimas décadas. La deforestación descontrolada es la forma más cruenta y negligente de arrancarle la piel al suelo. Sin ella, no hay sumidero de carbono que compense las lastimosas laceraciones de los gases de efecto invernadero. Y sin ella, no hay instrumento que retenga y recicle las exiguas lluvias.

Wetlands International, organización sin ánimos de lucro para la conservación de los humedales, anunció que el último registro pluvial de la Cuenca del Plata ha sido el más bajo de todo su historial y las proyecciones futuras apuntan a extensos lapsos de sequías en los meses que otrora eran de lluvias. Es una enfermedad crónica, de eventos extremos. Los períodos húmedos serán concentrados e intensos, lo cual se traduce en una amplitud marcada en los niveles de caudales. Una estacionalidad dinámica y violenta. Una bipolaridad hídrica impulsado por el hombre.

Por eso el río Paraguay padece. Porque sus brazos meandros no pueden defenderse. Porque su voz no arrulla ni agita turbulencias como las protestas del humano. Porque se está desalmando sin el elemento colectivo de toda existencia.

De acuerdo con los escenarios de cambio climático pronosticados para el 2011-2040, las temperaturas en la Cuenca del Paraguay superarán los 2°C establecido por el Acuerdo de Paris. Las precipitaciones se reducirán en un 15%. El futuro es más hostil que el presente. La consecuente disminución de los flujos fluviales será de un 13% en el Pantanal, quien hoy afronta con pavura la tasa más alta de incendios desde 1998, con 10.000 focos de calor que han afectado a 1,55 millones de hectáreas. La esperanza de un funcionamiento hidrológico correcto es somera. La biodiversidad y los recursos acuáticos están siendo diezmados.

La culpabilidad del acosado es ineludible. Hemos irrumpido la armonía de un ecosistema fructífero, arrasando con bosques nativos que se esclavizaron para dar otros frutos, los de la agricultura y ganadería. Contribuyendo en un 17% al PIB de la nación, la agricultura es la base de la economía paraguaya y emplea al 24% de la población total activa. Las exportaciones prosperan a una tasa anual del 23%. Un negocio que madura con ambiciones y necesidades fértilmente enceguecedoras. El cambio desmedido del uso del suelo es el claro despojo del equilibrio y el impulso macabro del desajuste climático regional.

Por eso el río Paraguay perece. Un filántropo líquido que se entrega y abastece más allá de los límites de su cauce. Es de todos y es de nadie. Porque así es el agua, tesoro indiviso de la naturaleza. Una bendición que se comparte. Y una traición que muchos niegan.

Esta es la crónica de una sequía anunciada. Ahora que se la conté, siéntese a mi lado y lloremos como Penélope esperando en el muelle de Asunción.

 

Sofía Dottori Fontanarrosa

Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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