Comer presas pequeñas llevó a la extinción al tiburón más grande de la historia

Es difícil de creer que animales más pequeños que el carcharodon megalodon tuvieron relación directa con su extinción, hace unos 2,6 millones de años. Sobre todo si consideramos sus más de 20 m de largo, su mandíbula de más de 2 m de largo tapizada de cinco hileras de dientes, que totalizaban cerca de 300 colmillos, cada uno de más de 15 cm de largo (algo así como la longitud de una banana).

Sobre todo si consideramos que su mordida era 10 veces más poderosa que la del gran tiburón blanco, que conocemos en la actualidad, al que superaba en masa en 30 veces.

No obstante, de acuerdo con un estudio publicado en la revista Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, conducido en Perú por Alberto Collareta, paleontólogo de la Universidad de Pisa en Italia, fueron las pequeñas presas que acostumbraba a comer el megalodonte las que precipitaron su desaparición, luego de haber reinado en los mares de la Tierra hace 14 millones de años.

El análisis de fósiles de mamíferos marinos que vivieron en los océanos hace aproximadamente 7 millones de años en la localidad arequipeña de Aguada de Lomas, en la Formación Pisco —una formación geológica de 350 km que va de la provincia iqueña de Pisco hasta el desierto de la provincia de Arequipa— ha mostrado rasguños y heridas distintivas del ataque de las monstruosas dentaduras del megalodonte. Ello ha permitido delinear la dieta típica de estos animales, que constaba de ballenas enanas y focas ahora extintas.

Entre estas, se cuenta una diminuta especie extinta de ballena común llamada Piscobalaena nana y un tipo temprano de foca llamado Piscophoca pacifica. Ambos animales alcanzaban menos de 5 metros de longitud.

"La desaparición del último megalodonte podría haber sido provocada por el declive y la caída de varias dinastías de ballenas de tamaño pequeño a mediano a favor [de la evolución] de las modernas y gigantescas ballenas", dice Collareta.

El investigador señala que una era de congelamiento de la Tierra, y por ende de los océanos, causó un descenso en los niveles del mar (con el agua concentrada en los casquetes polares y glaciares), lo que afectó el hábitat más cálido donde vivían las pequeñas ballenas. Su número cayó y benefició la evolución de sus hermanas más grandes, presas más complicadas o desacostumbradas para el megalodon, a pesar de su poderío.

Los cambios climáticos también modificaron la fauna estacional que poblaba algunas partes de los mares, aprovechando ello nuevamente las grandes ballenas —como la jorobada o la azul— capaces por sus portentosas fisiologías de viajar grandes distancias hacia donde se hubieran mudado sus fuentes de comida. El megalodon, más acostumbrado a un hábitat costero más cálido, fue quizás incapaz de seguirlas a aguas más frías.

Una publicación del año pasado en la misma línea sugiere que la aparición y apogeo de las ballenas asesinas así como la evolución del hermano menor del megalodon, el tiburón blanco, habrían confluido a favor de la desaparición del gigantesco pez.

 

Hans Huerto

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