Increíblemente, las fatales bombas de la Segunda Guerra mundial hoy producen vida

Un grupo de especies extrañas existen hoy en pozos formados gracias a las explosiones de bombas en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más mortífero de la historia. Los cráteres en mención se encuentran en Hungría.

La urbanización y el drenaje en tiempos modernos hacen que las cuencas naturales se reduzcan en número, afectando así los hábitats y la vida que de ellos depende. El descubrimiento de estas pozas recuerda que ante esta situación, también existe la opción de utilizar la mano del hombre en beneficio de la conservación. Dichas huellas de la guerra no son naturales, como los buques de guerra hundidos en las profundidades de mar convertidos en hábitats de corales y refugio de especies, pero sin embargo demuestran opciones reales para la vida, según las impresiones del centro de de investigación WasserCluster Lunz de Austria. 

Estas bombas lanzadas, dirigidas a un aeropuerto local cerca de la zona de Apaj en Hungría central, crearon más de 100 pozos que según dicen los expertos, existen en distintos lugares del mundo alcanzados por la guerra o entrenamientos militares.

Las bombas cayeron en un hábitat conocido como praderas sódicas, que dieron lugar a hábitats salinos al ser cubiertos de agua. Sus semejantes naturales, llamados cacerolas de soda, se ubican en las llanuras panónicas son únicas en Europa. En ellas germinan una serie de especies extrañas endémicas, pero han ido desapareciendo. En total son unas 274, incluyendo escarabajos y tortugas a los que les viene muy bien estas aguas saladas, entre otras criaturas únicas y que podrían estar en peligro. 

Al comparar la vida de los cráteres-pozos y las cacerolas de soda, presentes en la llanura centra de Europa se determinó que las especies eran las mismas, por lo que la biodiversidad es comparable.

Los expertos que documentaron el fenómeno indicaron que estos craters podrían ser hábitats secundarios, pero de ninguna forma reemplazarían a las ‘cacerolas’ naturales. 

 

Daniel Meza
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