La eugenesia y los cimientos de la (pseudo) ciencia nazi

El mundo fue sorprendido luego de que la semana pasada, en un escondite dentro de la casa de un coleccionista en Buenos Aires, se encontrara un ‘tesoro’ nazi conformado por objetos de naturaleza variada como un busto de Hitler, dagas adornadas con esvásticas y hasta un instrumento médico de la época para medir cráneos de las personas.

Este instrumento es de los elementos más intrigantes de la colección de Carlos Olivares, el vendedor de reliquias que ocultaba los artículos.  El objeto es un medidor de curvaturas craneanas, un instrumento de frenología y craneometría —viejas disciplinas ya obsoletas que decían predecir según las proporciones del cráneo los patrones de conducta, personalidad o inteligencia—. En su estuche, figura la leyenda “Agencia de Política Racial”. Con un nombre parecido (aunque no el mismo), una agencia de políticas raciales existió en el Tercer Reich, pero no se nombraba de la forma escrita en el estuche. Si el medidor craneal es real o una réplica, aún está por verse.


Medidor de curvatura craneana: aun no se sabe si es real o réplica. 
Ministerio de Seguridad de Argentina

Un artefacto de esta naturaleza, sin embargo, trae consigo una de los pilares de la mentalidad nacionalsocialista: la eugenesia. Para los seguidores del Führer, este concepto se traducía en una serie de políticas que aspiraban a mejorar la raza. Los congraciados con tales disposiciones eran los que el nazismo identificaba como ciudadanos con vidas dignas de ser vividas y los que la sufrirían, eran aquellos que no entraban dentro de este canon: en el mismo saco, delincuentes, enfermos mentales, discapacitados físicos, disidentes políticos, pedófilos, homosexuales, haraganes, dementes, religiosos y debiluchos. La cadena hereditaria de estos últimos, según la eugenesia nazi, debía ser interrumpida.

Pero no fueron los nazis que inventaron la eugenesia...

Hubo un tiempo en el que los países más prósperos del planeta, mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, cogieron esta fiebre, a la que hoy la comunidad llamaría pseudocientífica, en tanto que los científicos de entonces, se interesaban por ella no necesariamente de forma ‘malévola’, pero sí para ampliar sus conocimientos sobre temas hereditarios (siendo la genética aun una ciencia del futuro).

Galton y la genialidad


Francis Galton
Wikimedia Commons

En las décadas que siguieron a la publicación del libro precursor de Charles Darwin “El origen de las especies”, la eugenesia se expandió en Gran Bretaña, Estados Unidos y Europa. Empezó con las ideas de Francis Galton, un científico primo del propio Darwin, según contó a la BBC el historiador de la ciencia Daniel Kevles. Dominador de varias disciplinas (antropología, geografía, meteorología, estadística), tenía una fascinación por la genialidad y la herencia. Creía Galton que, al igual que con el ganado y las plantas, habría una forma de cuantificar la herencia y controlarla, y así producir un mejor tipo de humanos. Fue él quien acuñó el término eugenesia, a la que imaginó un programa de reproducción selectiva que ayudaría a mejorar a la humanidad al igual que los avances científicos lo venían haciendo (los autos, motores, ingeniería).

En la segunda mitad del siglo XIX, EEUU empezó a enfrentar problemas sociales a gran escala: las clases blancas pudientes y educadas daba señales de incomodidad por el crecimiento demográfico en las ciudades, representados en tugurios y barrios considerados desagradables. No solo llegaba gente del interior, sino también del sur y el este de Europa. Fueron las clases acomodadas, ahora disconformes, que hicieron suya la visión de la eugenesia.

El lado oscuro de la eugenesia

Mientras que Galton apuntaba a la reproducción de genios, en los EEUU la eugenesia se inclinó hacia una versión más oscura sí misma: los problemas se solucionarían controlando quién se reproduce y quién no. En una misiva, el propio presidente estadounidense Theodor Roosevelt expresó su predilección por que a los “degenerados” se les quite el derecho a procrearse. La Oficina de Registro de Eugenesia abrió sus puertas en 1910 y fue el primer laboratorio de su tipo en Estados Unidos: su meta era lograr mejores ciudadanos aplicando rudimentarios criterios sobre genética. Se recolectaba información sobre los especímenes de forma arbitraria y poco rigurosa, y se los clasificaba.

Hoy el renombrado Instituto Galton, británico, que estudia la genética moderna, fue creado en 1907 como la Sociedad Educativa de Eugenesia, que tenía por fin investigar y entender la eugenesia. Por casi 50 años, publicó una revista científica llamada The Eugenics Review. Instituciones similares surgieron en Francia, Bélgica, y Suecia, tratando de introducir los principios de la eugenesia en la vida nacional, algo que entendían como beneficioso.

EEUU albergó concursos como “Las familias más aptas”, algo así como actuales concursos de ganado donde estas se sometían a concursos médicos, psicológico y de inteligencia, por los que recibían medallas. A los estudiantes más destacados se les inculcaba el deber de reproducirse. Se creía, sin rigor científico, que tanto la epilepsia y la pobreza se heredaba. En los años 20, la Suprema Corte estadounidense empezó a dictaminar cortes de trompas de Falopio a mujeres con la mala suerte de padecer de epilepsia. Siguieron pagándolo ciegos, sordos y los pobres en general estaban en riesgo de correr esa suerte: habrían sido hasta 70.000 lo desheredados.

La Biblia de Adolfo


Otros artículos hallados en la colección bonaerense
Ministerio de Seguridad de Argentina

Fue Alemania el país que acogió con mayor entusiasmo a la eugenesia. Con el apoyo académico de la Oficina de Registro de Eugenesia y miles de dólares de organizaciones caritativas, los alemanes desarrollaron su propia vertiente, una extensión de la ‘escuela estadounidense’ que también incluyó esterilizaciones de los socialmente inadecuados y fomento de la eutanasia. Las leyes de los norteamericanos, algunas investigaciones sobre eugenesia de poco rigor, y la nueva ideología se volvieron la base de los incitadores al odio racial. La solución al problema sería la raza nórdica, frente a las corrompidas raza judía, negra o eslava, según las apreciaciones de Madison Grant, un abogado defensor del “racismo científico” y presidente de la Sociedad de Eugenesia Estadounidense. A inicios de 1930, un joven Hitler, preso por intentar deponer al gobierno bávaro, le escribía a Grant declarando estar maravillado con el libro “La caída de la gran raza”, al que consideraba su Biblia.

 

Daniel Meza
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