Encuentran evidencia de que estamos matando a las abejas poco a poco

Las abejas son esenciales para la producción de alimentos. /Public Domain Pictures

Un estudio publicado en Science ha proporcionado finalmente pruebas sólidas de que los plaguicidas más populares, llamados neonicotinoides, son nefastos para los insectos polinizadores que mantienen en funcionamiento nuestro sistema de producción de alimentos.

Los neonicotinoides son la clase de insecticidas más utilizada en el mundo. Son químicamente similares a la nicotina, el compuesto que las plantas de la familia de las nenúfares han desarrollado para protegerse de las plagas. Los científicos llevaban tiempo sospechando que este producto podría estar afectando a las abejas, pero es un tema difícil de estudiar en el laboratorio, donde los insectos podrían recibir dosis irreales de pesticidas.

Inventados en la década de 1980, los neonicotinoides se convirtieron rápidamente en un tratamiento popular de cultivos porque son sistémicos, es decir, que circulan por toda la planta y matan a los insectos en cuanto prueban el cultivo. Además, como se mantienen durante mucho tiempo en el organismo de la planta, ofrecen protección a largo plazo. Pero estas propiedades atractivas para los agricultores son lo que hace a los neonicotinoides una preocupación por el bienestar de las abejas, ya que un insecticida sistémico recorre fácilmente el camino hacia el néctar y el polen de una planta con flores.

Sin embargo, según observan los expertos, no se trata de que los pesticidas maten directamente a las abejas, sino de que una exposición de bajo nivel las hace más vulnerables, especialmente si hay otros factores o enfermedades ambientales que ya afectan a la colmena. Para medir este daño potencial, el equipo cultivó semillas de colza en 33 lugares de Alemania, Hungría y el Reino Unido, a los que se les asignó al azar si serían tratados o no con nicotinoides. El equipo examinó abejas melíferas y dos especies de abejas silvestres (abejorros y abejas solitarias). Los resultados diferían entre los lugares y las especies, pero, en general, se descubrió que las colmenas de abejas que habían tenido contacto con este producto eran menos propensas a sobrevivir durante el invierno, y que las abejas silvestres se reprodujeron menos.

El gran estudio fue financiado en gran parte por la propia industria de plaguicidas. Las empresas Bayer Crop Science y Syngenta aportaron 3 millones de dólares para la investigación, y ambas han asumido las conclusiones de los científicos de que sería mejor restringir el uso de neonicotinoides.

Sin embargo, estos resultados son tan importantes que, para los científicos, es probable que la próxima decisión de la Unión Europea tenga que ver con una prohibición general de estos plaguicidas. Ya existe una prohibición temporal desde 2013, pero según el estudio, aunque su uso fuera restringido, la exposición continua a los residuos de neonicotinoides resultante de su uso generalizado previo tiene el potencial de impactar negativamente la persistencia de las abejas silvestres en los paisajes agrícolas. Y eso no es todo, otro estudio de campo realizado por investigadores de Canadá, publicado en el mismo número de Science, mostró también efectos negativos sobre las abejas.

El grupo canadiense estudió abejas melíferas que vivían cerca de campos de maíz tratados con neonicotinoides, o muy lejos de la agricultura. Los resultados sugirieron que las abejas expuestas crónicamente tenían una vida más corta y unas condiciones de higiene más bajas en la colmena. Además, también descubrieron que recogían el polen contaminado con los pesticidas, pero este polen ni siquiera provenía de los propios cultivos tratados. El trabajo realizado por ambos equipos demuestra que realmente estamos contribuyendo a la disminución de las abejas en todo el mundo, de forma mucho más dramática de lo que pensábamos.

Las polinizadoras como las abejas son esenciales para que continúe la producción de alimentos. En la búsqueda de romper esta dependencia, un equipo de científicos japoneses ha editado (modificado) el gen del tomate de modo que el fruto crece sin semillas y sin la necesidad de ser fértil. La fertilización sin polinización, o partenocarpia, conlleva a la aparición de frutos sin semillas. Esta condición puede presentarse accidentalmente y también por influencia de factores físicos y químicos en una crianza selectiva, como sería la selección de distintas variedades de tomates sin semillas. Pero para lograr una partenocarpia rápida y segura, un equipo de las universidades de Tokushima y Tsukuba utilizó la tecnología de alta precisión para la edición genética, CRISPR/Cas9, para inactivar el gen IAA9 del tomate, responsable de inhibir la síntesis de la fitohormona auxina, que impide la formación de una fruta sin polinización. Las plantas sin semillas resultantes se reproducen de modo asexual (por ejemplo, mediante esquejes) y no dependen de la polinización de las abejas.

Beatriz de Vera

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