La langosta de árbol vuelve de entre los muertos en esta isla oceánica

Wikimedia Commons

Hace casi 100 años, el SS Makambo encalló en la costa de la playa Ned, en la isla Lord Howe —en medio del mar tasmano, entre Australia y Nueva Zelanda— y una plaga de ratas entonces invadió el espacio natural de decenas de especies isleñas. Más aun, los roedores acabaron con algunas de ellas en el proceso de saciar su voraz hambre. O al menos eso se creía.

El insecto de palo conocido como langosta de árbol está vivo en este hábitat, de acuerdo con las exploraciones realizadas ahí por un equipo de científicos australianos y japoneses, según se reporta en el documento publicado por Current Biology.

Estos insectos de color marrón oscuro de más de 15 cm de largo y seis robustas patas fueron declarados como extintos en 1983, junto con otras 12 especies de insectos y cinco especies de aves, tras la colisión del Makambo.

Luego, en 1960, un grupo de escaladores visitó otra pequeña isla de roca volcánica cercana, llamada Pirámide de Ball, donde encontraron lo que supusieron eran restos de langostas de árbol.

Recién en 2001 los investigadores volvieron a la Pirámide de Ball y divisaron entre la vegetación algunos especímenes vivos de lo que parecían ser estos insectos. Al año siguiente, varios fueron recogidos y colocados en un programa de cría en cautividad en el zoológico de Melbourne.

Recién hace poco el genoma de los criados en cautiverio fue sometido a secuenciación para probar que efectivamente se tratara de esta raza de insectos (su color y patas traseras diferían de las observadas en ejemplares muertos conservados, según los críticos).

Los criados tenían una variación genética de menos del uno por ciento-suficiente para clasificarlos oficialmente como la misma especie. Sus diferencias fisionómicas podrían ser atribuidas a condiciones ambientales por ejemplo. Pese a ello, y a que cabe la posibilidad de que estos insectos existan silvestremente, la especie está en riesgo de extinción crítico y al día de hoy no se sabe cuántos ejemplares viven en la naturaleza.

Sin embargo, el caso es un ejemplo más de cómo la ciencia puede operar a favor de la recuperación y reintroducción de especies que se creían extinguidas por la acción invasiva o contaminante de las actividades humanas. Otra expresión de ello ha sido el programa de recuperación del tigre persa, impulsado por el gobierno kazajo, sobre la base del tratamiento de ejemplares de tigre siberiano, con el que guarda profundas similitudes genéticas.

Hans Huerto

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