Miedo a arañas y serpientes, presente incluso en los bebés más pequeños

Una viuda negra, con una de las mordidas más letales de la naturaleza (Max Pixel).

Aunque son raras, la mordida de una araña de rincón, también llamada chilena marrón o violinista, puede ser mortal. Claro está, pocas habitan o incluso prosperan en medios urbanos, que es donde la mayoría de gente en el planeta vive (54,3% en 2016, según el Banco Mundial). Ni la viuda negra ni la roja, algunas de las más peligrosas, viven cómodamente en ciudades. Y de hecho Australia, cuna de las especies más mortales de arácnidos en el mundo, registró el año pasado la primera muerte por mordida de arañas en 37 años. Vamos, con ello queremos decir que hay que tener muy mala suerte para morirse de una mordida de araña.

No obstante, pese a que la lógica así lo ordene, el miedo a las arañas es uno generalizado en todo el mundo, sin hubiera habido hasta ahora un estudio que abundara en la génesis de esa aversión que hoy casi tomamos como un reflejo.

Algunos científicos suponen que aprendemos este miedo de nuestro entorno cuando somos niños, otros suponen que es innato. Estudiarlo es complicado: investigaciones previas con adultos o niños mayores, no pudieron distinguir qué comportamiento se aprendió y cuál fue innato.

No obstante, científicos del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebrales Humanas (MPI CBS) en Leipzig y la Universidad de Uppsala, Suecia, observaron que incluso en bebés de seis meses —que poco saben del mundo y de animales letales— se evoca una reacción de estrés cuando ven una araña o una serpiente.

"Cuando mostrábamos fotos de una serpiente o una araña a los bebés en lugar de una flor o un pez del mismo tamaño y color, reaccionaban con pupilas significativamente más grandes", dice Stefanie Hoehl, investigadora principal del estudio subyacente y neurocientífica del MPI. CBS y la Universidad de Viena. "En condiciones de luz constante este cambio en el tamaño de las pupilas es una señal importante para la activación del sistema noradrenérgico en el cerebro, que es responsable de las reacciones de estrés. Por consiguiente, incluso los bebés más pequeños parecen estar estresados ​​por estos grupos de animales. "

"Concluimos que el miedo a las serpientes y las arañas es de origen evolutivo. Al igual que los primates, los mecanismos en nuestro cerebro nos permiten identificar objetos como 'araña' o 'serpiente' y reaccionar a ellos muy rápido. Esta reacción de estrés heredada obviamente a su vez nos predispone a aprender estos animales como peligrosos o desagradables. Cuando esto acompaña a otros factores puede convertirse en un miedo real o incluso fobia. Una fuerte aversión al pánico exhibida por los padres o una predisposición genética a una amígdala hiperactiva, que es importante para estimar peligros, puede significar que una mayor atención hacia estas criaturas se convierte en un trastorno de ansiedad", señalan los autores de la investigación publicada en la revista Frontiers in Psychology.

Ello sugiere que la reacción particular a arañas y serpientes —y no a otros animales potencialmente peligrosos, de acuerdo con otros estudios— se debe a la coexistencia de estos con seres humanos y sus antepasados ​​durante más de 40 a 60 millones de años, y por lo tanto mucho más que con los mamíferos peligrosos de hoy. La reacción que es inducida por los grupos de animales que se temen desde el nacimiento podría haberse incrustado en el cerebro durante un tiempo evolutivamente largo.

Si bien objetos peligrosos como cuchillos o enchufes deberían tener el mismo efecto —la aversión transmitida— no ocurre con ellos porque a diferencia de las especies animales mencionadas, el hombre no convive hace mucho con tales riesgos (el primer cuchillo data de la Edad de Piedra, hace algo de 2,5 millones de años).

Hans Huerto

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