Ardillas y hamsters han evolucionado para sentir menos frío y poder dormir todo el invierno

'Spermophilus citellus'. /Wikipedia

Cuando bajan las temperaturas, especies como las aves, pueden migrar hasta encontrar un clima menos hostil. Sin embargo, los mamíferos más pequeños no pueden viajar largas distancias, por lo que, en lugar de cambiar su entorno, deben adaptarse y cambiar sus cuerpos. Como ejemplo de adaptación, la ardilla terrestre (Spermophilus citellus) y el hámster sirio (Mesocricetus auratus), dos roedores que duermen durante el invierno, no sienten frío de la misma manera que no lo hacen, como las ratas o los ratones.

Investigadores de la Universidad de Yale (EE.UU.) descubrieron que los roedores en hibernación desarrollaron neuronas de detección en frío con una capacidad disminuida para detectar temperaturas por debajo de los 20 grados centígrados. Esta adaptación permite que la temperatura de su cuerpo caiga durante largos períodos de tiempo sin causar que se sientan estresados por estas condiciones, lo que desencadena su sueño estacional.

El equipo, que publica sus resultados en Cell Report, descubrió que estas especies desarrollaban adaptaciones supresoras de frío similares de forma independiente. Si bien todos los roedores tienen receptores en sus neuronas somatosensoriales que sienten frío, los de estos dos animales en hibernación necesitan mucho más para ser activados en comparación con los de los animales que no hibernan. "Si tuvieran frío, no podrían hibernar porque su sistema sensorial le diría al resto del cuerpo que primero deben calentarse", dice la autora principal Elena Gracheva, fisióloga y neurocientífica de la universidad estadounidense.

Con el fin de comparar la biología de los animales que hibernan y los que no, los investigadores realizaron pruebas en ardillas terrestres, hámsters y ratones. Pusieron los roedores en dos placas de temperatura controlada: una placa caliente (30ºC) y otra placa más fría que cambió la temperatura (de 20ºC a 0ºC). Los roedores podrían moverse entre las dos placas. Los investigadores observaron que los ratones siempre prefieren fuertemente el plato caliente. Las ardillas de tierra y los hamsters, por otro lado, no mostraron una preferencia significativa por la placa caliente, a menos que la placa fría se acercara a los 5ºC. Parte de este mecanismo tiene que ver con el comportamiento de un canal iónico en las neuronas de estos roedores, llamado TRPM8, cuya activación conduce a la sensación de frío. En ardillas terrestres y hámsters, TRPM8 es menos sensible.

Esta resistencia al frío se produce no solo cuando las ardillas terrestres y los hámsteres están hibernando, sino también mientras están activos. Por ejemplo, las ardillas de tierra listadas (llamadas así por sus 13 rayas marrones y blancas) pueden sobrevivir a la exposición a temperaturas de 2ºC hasta 9 meses. En el futuro, los investigadores estudiarán cómo se comportan estos animales a temperaturas aún más bajas. El siguiente paso para su equipo es estudiar roedores a temperaturas inferiores a 10ºC. También quieren expandir su estudio de las bases moleculares para la sensibilidad al frío. "Este proceso es muy complejo, y TRPM8 es solo una parte del mecanismo", dice Gracheva.

Hace unos meses conocíamos la historia de una inusual colonia de hormigas que se encuentra en trabajando de modo persistente en un búnker nuclear, aisladas, sin luz, con frío y sin reina y esperando el fatal destino de eventualmente morir de hambre. Fueron descubiertas en el 2013 por un grupo de voluntarios contando murciélagos hibernando en el búnker (una estructura que fue parte de una base Soviética nuclear abandonada cerca de Templewo en Polonia Occidental). Buscaron algún recurso alimentario que las hormigas pudiesen usar, pero no hallaron ninguno. En cambio, parecía que la hambruna les daba una oscura muerte. Se halló cadáveres de ellas alfombrando el suelo en capas algunos centímetros de gruesa, un aproximado de 2 millones insectos muertos. Al buscar los científicos algún apareamiento, no lo hallaron mucho menos larvas o capullos. Tampoco tenían reina. Se trata de un nido extraordinario que la clase trabajadora construyó por mero instinto.

Beatriz de Vera
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