Las nubes del Ártico son especialmente sensibles a la contaminación del aire

Nubes en Groenlandia. /Max Pixel

En la estéril y remota capa de hielo de Groenlandia, la neblina no es, quizá, lo que un explorador espera encontrarse. Sin embargo, en 1870, Adolf Erik Nordenskiöld se dio de bruces con lo que fue una de las primeras pruebas de que la contaminación del aire alrededor del hemisferio norte puede viajar hacia el polo y degradar la calidad de su aire. Ahora, un estudio del científico atmosférico de la Universidad de Utah (EE.UU.) descubre que el aire en el Ártico es extraordinariamente sensible a la contaminación y que las partículas pueden estimular la formación de nubes, que pueden actuar como una manta, calentando aún más un polo que ya está cambiando.

Usando modelos atmosféricos, que rastrean los movimientos de la contaminación alrededor de la Tierra, e inventarios globales de fuentes de contaminación, los investigadores estudiaron la contaminación del aire y las nubes al mismo tiempo y lugar, y también tomar en cuenta las condiciones meteorológicas. Así, descubrieron que las nubes en el Ártico eran de dos a ocho veces más sensibles a la contaminación del aire que las nubes en otras latitudes. Todavía no saben con certeza por qué, pero la hipótesis de que tiene que ver con la quietud de la masa de aire del Ártico: sin la turbulencia del aire vista en las latitudes medias, el aire del Ártico puede ser fácilmente perturbado por partículas suspendidas en el aire, explican en su artículo publicado en Geophysical Research Letters.

Un factor al que las nubes no parecen ser sensibles, sin embargo, es el humo de los incendios forestales. "No es que los incendios forestales no tengan el potencial", explica el principal investigador, Tim Garrett, "es solo que las plumas de estos incendios no terminaron en el mismo lugar que las nubes". La contaminación atmosférica atribuible a las actividades humanas superó en 100 veces la influencia de los incendios forestales en las nubes del Ártico.

Sin embargo, los investigadores mantienen una esperanza: el material particulado es un contaminante transportado por el aire que se puede controlar con relativa facilidad, en comparación con contaminantes como el dióxido de carbono. Controlar las fuentes actuales de materia particulada podría aliviar la contaminación en el Ártico, disminuir la nubosidad y frenar el calentamiento. 

¿De dónde viene?

Los científicos han estado interesados ​​en los efectos de la contaminación en las nubes árticas debido a su potencial efecto de calentamiento. En otras partes del mundo, las nubes pueden enfriar la superficie porque su color blanco refleja la energía solar hacia el espacio. Pero "en el Ártico, el efecto de enfriamiento no es tan grande porque el hielo marino en la superficie ya es brillante. Así como las nubes reflejan la radiación de manera eficiente, también absorben la radiación de manera eficiente y vuelven a emitir esa energía para calentar la superficie", cuenta Garret. Se pueden formar gotas de agua alrededor de la materia particulada en el aire. Más partículas generan más gotas, lo que crea una nube que calienta más la superficie.

Las primeras notas de los exploradores árticos muestran que la contaminación del aire ha estado viajando hacia el norte durante casi 150 años o más. Una vez en el Ártico, la contaminación queda atrapada bajo una inversión de temperatura en la que una capa de aire caliente se asienta sobre un charco de aire frío, evitando que escape el aire acumulado. Otros han estudiado qué regiones contribuyen a la contaminación del Ártico. El noreste de Asia es un contribuyente significativo. También lo son las fuentes en el extremo norte de Europa. "Tienen un acceso mucho más directo al Ártico", dice Garrett. "Las fuentes de contaminación allí no se diluyen en toda la atmósfera".

Beatriz de Vera
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