La capa de ozono muestra la primera evidencia del funcionamiento del Protocolo de Montreal de 1987

Una vista de la atmósfera de la Tierra desde el espacio. /NASA

El Protocolo de Montreal​ fue el fruto del Convenio de Viena para la protección de la capa de ozono de 1987. Se diseñó como un plan para protegerla reduciendo la producción y el consumo de sustancias relacionados con ella y que se creían responsables de su agotamiento. Más de 30 años más tarde, científicos de la Agencia Espacial estadounidense, NASA, han obtenido la primera prueba directa del éxito del acuerdo para reducir el agujero de la capa de ozono, observando una disminución de los niveles de cloro.

Utilizando mediciones del satélite Aura de la NASA, los investigadores estudiaron el cloro en el agujero de ozono antártico durante los últimos años, observando cómo la cantidad disminuía lentamente. El tratado internacional prohibió el uso de clorofluorocarbonos y compuestos relacionados, que se descomponen en la estratosfera y liberan moléculas de cloro. Esta sustancia agota la capa de ozono y es la responsable de crear el agujero sobre la Antártida, que fluctúa cada año, alcanzando un máximo anual al final del invierno austral, generalmente en septiembre. Este roto en la capa ha tenido una tendencia menor durante los últimos años, pero como la temperatura también tiene un efecto sobre el agotamiento del ozono, no se podía decir que fuera causa directa del Protocolo de Montreal. Aunque los científicos han estado midiendo niveles de cloro cerca del suelo durante décadas, este estudio prueba por primera vez que y con precisión que los niveles de cloro dentro del agujero de ozono son menores, lo que confirma que el pacto firmado en Canadá está funcionando. 

Las mediciones muestran que la disminución del cloro, resultado de una prohibición internacional de productos químicos que contienen los llamados clorofluorocarbonos (CFC). Esto ha dado como resultado un 20% menos de agotamiento de la capa de ozono durante el invierno antártico que en 2005, el primer año que el satélite Aura de la NASA midió los niveles de este elemento. 

Sin embargo, el menor debilitamiento de la capa de ozono no arregla el cambio climático, y la ciencia no nos permite un gran optimismo al respecto. Otro trabajo publicado en agosto de 2017 dibuja un panorama terrorífico: según los autores, investigadores de la Universidad de Washington (EE.UU.), existe un 90% de probabilidades de que a finales del siglo XXI, la temperatura media del planeta haya aumentado entre 2 y 4,9º C. Sus previsiones más concretas hablan de 3,2 grados, mucho más del límite establecido en el pacto firmado en la capital francesa. Para llegar a estas conclusiones, el equipo ha utilizado simulaciones por ordenador y observaciones directas del clima del planeta, como la capacidad de los océanos para absorber dióxido de carbono, el balance energético del planeta o la contribución de las partículas finas en la atmósfera.

Beatriz de Vera
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