El bostezo es más contagioso si hay amor

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Como si fueran piezas de dominó, que caen progresivamente cuando se empuja la primera, todos los miembros de un grupo imitan a quien bosteza, sin oponer resistencia, aunque no sientan hambre, sueño, estrés ni aburrimiento.

Las explicaciones del bostezo son muchas: desde obtener oxígeno a la curiosa conclusión de un estudio realizado por la Universidad Vrije (Holanda): este gesto que desencaja el rostro parece tener un lado erótico. Otros hablan de que cumple la necesidad del cerebro de enfriarse, como los procesadores informáticos, para mantener su rendimiento. Según esta teoría, mediante la contracción del seno maxilar se consigue bombear aire más fresco al cerebro: cuando el cerebro está más estresado o cansado (con sueño), más necesita de esta regulación. O de un mecanismo de descompresión psicológica tras un estado de estrés o de alerta muy alto; y algunos, que se trata solo de una acción vestigial: los bebés bostezan e hipan desde las 11 semanas, porque estas acciones reducen la presión en los pulmones y eliminan las redes de tejido que pueden bloquear las vías respiratorias, así que, según esta teoría, los movimientos persisten en los adultos como un comportamiento sobrante que no sirve para nada.

Lo que sí sabemos del bostezo es que se contagia. Basta con que un amigo, o incluso el protagonista de la película que estamos viendo, abran la boca para que sobrevengan unas ganas ineludibles de imitarles. Según una investigación de la Universidad de Nottingham (Reino Unido), esto ocurre debido a la activación de la corteza motora primaria del cerebro, área responsable de la ejecución del movimiento a través de los impulsos neuronales. Imitar el bostezo es, como cuentan los autores, una forma común de ecofenómeno que implica la imitación automática de las palabras (ecolalia) y las acciones (ecopraxia) de otro. Y no solo las personas muestran esta propensión al contagio, a los chimpancés y a los perros también les pasa.

Los autores afirmaban también que nuestra capacidad para resistirnos al contagio es limitada e incluso el intento de reprimirlo aumenta la necesidad de bostezar. Es decir, que por más empeño que pongamos, la predisposición al bostezo no va a cambiar.

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Una hipótesis habla de un importante componente emocional entre miembros de una misma especie. Iván Norscia y Elisabetta Papalagi, del Instituto de ciencias cognitivas y tecnologías de Roma, explican que el contagio es un mecanismo natural para compartir las emociones, como la risa o el llanto. Pero lo que es más curioso es que, según estos investigadores, cuanto más allegada sea la persona que inicia este peculiar canon, más probabilidades hay de que la imites. Es decir, la capacidad de contagio tiene que ver con cuánto quieras a esta persona.

Existen conjeturas acerca de la relación entre contagio y empatía. Pero por primera vez, estos científicos mostraron, en un estudio publicado en Plos One, que el ritmo del contagio de los bostezos es mayor en primer lugar con parientes, en segundo lugar con amigos, conocidos y por último desconocidos.

Aunque esta idea tiene detractores. Para Andrew Gallup, biólogo de la Universidad de Princeton, la investigación podría estar sufierndo un sesgo: propone que el reultado quizá tenga que ver con que nos fijamos más en nuestros seres queridos, y por eso nos percatamos más de sus comportamientos, según informa National Geographics.

Así que, si alguien se contagia rápidamente de tu bostezo, es que te prestaba atención. Pero, por si acaso, no te animamos a que lo tomes como la prueba de amor definitiva.

Beatriz de Vera

Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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