¿Es posible hacer que a todo el mundo le gusten las matemáticas?

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Imaginemos una población dividida en cuatro grupos. El primero incluiría a todos aquellos que respiran las matemáticas, personas que ven el mundo a través de números y que no entienden cómo a los demás no les ocurre lo mismo. Otro grupo conoce las matemáticas –si bien no al nivel de los anteriores– y las aprecia, sobre todo, por su capacidad para transformar la vida cotidiana. Los del tercer estrato apenas recuerdan las mates del instituto, pero les gustan y reconocen su olor. Y quedan, claro está, los que solo asocian las matemáticas a los temidos suspensos.

Clara Grima, doctora en matemáticas, catedrática de la Universidad de Sevilla (EE.UU.) y divulgadora, ha querido dirigirse en su libro ¡Que las matemáticas te acompañen! a estos dos últimos tipos de lector. Su aspiración es convencerles de que “les gustan las matemáticas, pero aún no lo saben”, incluso a aquellos que conservan las dolorosas cicatrices de una mala iniciación al mundo matemático.

Imposible desvelar aquí (en la reseña que le dedica SINC) –ni en ningún otro sitio, porque queda a juicio de cada lector– si Grima lo consigue. Sí se puede afirmar que en el intento de superar tan alto listón la obra logra muchos objetivos. El primero es no caer en lo que se podría llamar el problema del precipicio: el lector se adentra confiado en el argumento, siguiendo paso a paso las explicaciones. Todo parece ir bien, va entendiendo todo, hasta que de repente, entre dos párrafos, se abre una brecha Y ahí estamos sin puente ni pista para retomar el hilo. La autora, salvo quizás alguna excepción, acompaña bien de la mano sin ser condescendiente. Y eso se agradece e induce a seguir leyendo.

Matemáticas y redes sociales

Así que, perdido el miedo atávico a extraviarse entre números, es posible relajarse y disfrutar. A través de capítulos cortos, casi breves relatos, Grima explica el poder de las matemáticas para describir los tsunamis, la meteorología o el comportamiento de las hormigas. Y por qué son útiles para evitar epidemias y entender cómo las redes sociales refuerzan opiniones y hacen que se ganen y pierdan elecciones. También nos habla de las matemáticas como materia prima de la tecnología. Grima revela el esqueleto matemático de los motores de búsqueda de Google, las cámaras digitales, el GPS, o de los algoritmos de compresión de imágenes que hacen posible el constante intercambio de fotos de hoy en día.

La divulgadora transmite muy bien en la obra ese aspecto casi de magia, que llevan implícitas las matemáticas. Con ellas se demuestra que es posible aparcar un coche en un hueco por el que ni el mejor conductor hubiera apostado, o que para envolver un regalo de forma cúbica no hace falta mucho papel. Y queda también patente el poder de los conceptos básicos, como este: si se tienen más palomas que palomares, en un palomar habrá más de una paloma. ¿Obvio, verdad? Pues no vean lo que da de sí esta idea.

Lectura con premio

Ahora bien, el requisito para disfrutar de cada uno de estos breves relatos es dedicarles un poco de atención. Se diría que constituyen una lectura con premio. Si se para una a pensar un poco, simplemente para seguir el razonamiento, se aprende algo nuevo casi seguro. Grima en eso no engaña: “Las matemáticas son difíciles”, afirma en la introducción.

En el apartado de los comentarios menos elogiosos, dos detalles. Se parte de la base de que, por suerte o desgracia, los libros vienen sazonados de fábrica. Así que el estilo narrativo puede resultar a unos demasiado soso, a otros lo contrario. El estilo de Grima es salado, y allá cada paladar para decidir si en algún momento se pasa. También hay alguna mención a "secretarias" y "madres", tal vez no muy afortunadas.

Cómo conseguir que los no amantes de la materia lean sobre matemáticas sigue siendo un problema no resuelto. Puede que la obra de Grima no sea la solución, pero sí da muchas ideas para que los pobladores de los grupos promatemáticos mejoren sus relaciones, y empiecen a atraer a los anuméricos declarados.

Además, añade valor a su libro contando una parte entrañable del mundo matemático: muchos de sus habitantes son en realidad niños y niñas grandes, que defendieron y conquistaron su derecho a seguir pensando en cosas, como de cuántas formas pueden atarse los cordones de los zapatos o si infinito solo hay uno. Menos mal que lo hicieron.

Este artículo fue originalmente publicado por Mónica G. Salomone en Sinc. Lee el artículo aquí

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