Bajau Laut: los nómadas del mar que han evolucionado para vivir en el agua

Cell

Las personas pertenecientes al grupo étnico filipino Bajau Laut son llamadas “nómadas del mar”. Viven en Filipinas, Indonesia, Malasia y Brunei, y se les llama así por sus habilidades de buceo. Algunos antropólogos que los visitaron en los ochenta calcularon que pueden haber vivido en el mar durante al menos 1000 años. Una investigación publicada en Cell muestra que tienen algunas adaptaciones físicas y genéticas para ayudarles a realizar increíbles inmersiones. La evolución los está cambiando para adaptarse mejor a su entorno y a su particular estilo de vida.

Los Bajau Laut han vivido tradicionalmente una vida nómada en casas flotantes, explotando los ricos recursos de los arrecifes de coral y los bosques de manglares de la región. Durante el siglo XX, algunas poblaciones de Bajau se asentaron en la costa pero continuaron viviendo un estilo de vida de subsistencia basándose en sus métodos tradicionales de pesca. Dado que el único equipo de buceo disponible es un par de gafas de madera y algunas pesas de mano, su éxito depende de su capacidad para bucear profundamente y contener la respiración durante mucho tiempo.

La inmersión más profunda registrada por este pueblo fue de 79 metros, y el tiempo más largo que pasaron bajo el agua fue tres minutos. Pero aunque los Bajau no bucean a estas profundidades ni durante este tiempo durante su pesca diaria, pasan hasta el 60% de su vida laboral bajo el agua.

Bazos más largos y distinto metabolismo

Un equipo internacional de investigadores estudió a este pueblo y descubrió que tenían bazos significativamente más grandes que las personas de una aldea vecina que viven del cultivo y no de la pesca. Esto fue cierto incluso para los miembros de la comunidad de Bajau que no bucean, lo que sugiere que es un rasgo heredado en lugar de un cambio en los individuos causado por una vida de buceo. El tamaño del bazo es importante porque es un reservorio en el que se almacenan los glóbulos rojos: durante una inmersión, el bazo se contrae y empuja estos glóbulos rojos adicionales a la sangre circulante, aumentando su capacidad para transportar oxígeno. Esta respuesta también se ha encontrado en mamíferos buceadores, como las focas.

El análisis de ADN reveló otro cambio que resultó ser una de las variaciones genéticas más frecuentes en la población de Bajau. Se trata de un gen que ayuda a controlar los niveles de una hormona llamada T4, que es producida por la glándula tiroides. Esta hormona causa aumentos en la tasa metabólica (la cantidad de energía que el cuerpo puede usar en un período de tiempo determinado), lo que puede ayudar a combatir los niveles bajos de oxígeno, pero también se asocia con un mayor tamaño del bazo en ratones.

Otros genes que variaron entre los Bajau más de lo que se esperaría en la población general se asociaron con la forma en que el cuerpo responde al buceo: uno de ellos es el responsable de que la sangre se expandiera desde las extremidades y áreas no esenciales del cuerpo para que el cerebro, el corazón y los pulmones pudieran continuar recibiendo oxígeno; otro impide que los altos niveles de dióxido de carbono se acumulen en la sangre. Todo esto sugiere que la selección natural ha ayudado a dar forma a la Bajau para que puedan sumergirse más y por más tiempo.

Pero la evolución no se ha parado en el resto de nosotros: un equipo de investigadores del Instituto para la Biociencia Molecular de la Universidad y el Instituto del Cerebro de Queensland (Australia) estudiaron los datos genómicos de 126.545 individuos en el Reino Unido Biobank (una base de datos de salud anónima en el Reino Unido), examinando 28 rasgos complejos, como la densidad mineral ósea del talón, la calvicie masculina, el índice de masa corporal (IMC), la edad femenina en la primera menstruación, la menopausia y la primera vez que se da a luz, la fuerza y la relación cadera-cintura. Según los investigadores, al estudiar los genes asociados con estos rasgos en individuos de diferentes edades, es posible ver las diferencias entre generaciones.

Sin embargo, otros científicos encontraron en un estudio de 2011 que los cambios evolutivos se desarrollan con bastante frecuencia, pero que no "se adhieren": hace falta un millón de años para que se desarrolle y dure un rasgo evolutivo. El objetivo del estudio no es necesariamente determinar los cambios que vamos a ver que tendrán un gran impacto en el corto plazo, sino aprender más sobre la evolución y cómo funciona la selección.

Beatriz de Vera

Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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