Cuando la ciencia trabaja al servicio del mal [ANÁLISIS]

Francisco López-Muñoz, Universidad Camilo José Cela

El Holocausto constituye, posiblemente, el crimen colectivo más relevante de la historia de la Humanidad, y pone de manifiesto la valoración de Plauto, difundida por Thomas Hobbes, homo homini lupus: el hombre es un lobo para el hombre.

España ha permanecido mucho tiempo ajena a esta realidad, pero la exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos” ha dejado una impronta social en nuestro país que tardará en disiparse.

La ciencia es una de las aristas del estudio de la Shoah que aún está por dilucidar, y en particular la medicina, disciplina que alcanzó las mayores cuotas de implicación en los horrores del nazismo y del Holocausto. Así quedó registrado en el famoso juicio a los médicos, en el marco de los Juicios de Nüremberg tras el final de la Guerra Mundial, donde se pusieron de manifiesto reprobables investigaciones con humanos, como experimentos de congelación, inoculación de bacilos de la tuberculosis o amputaciones de miembros. Pero también tuvieron lugar en el campo específico de la farmacología, mucho menos conocidos, como hemos venido publicando durante los últimos 15 años.

El prestigio de la medicina nacional alemana

La farmacología y la química alemanas gozaban desde la segunda mitad del siglo XIX de un gran prestigio internacional. Este tiempo de esplendor se vio truncado con la ascensión al poder del Partido Nazi en 1933, que generó un perverso sistema de destrucción de la conciencia social y que institucionalizó conductas delictivas en materia de salud pública, higiene racial e investigación humana.

El inicio de la II Guerra Mundial fue crucial: los jerarcas nazis vieron en la investigación una herramienta de primera línea para mejorar las conquistas bélicas y reducir las consecuencias negativas en sus tropas, como traumatismos, enfermedades y epidemias. Los campos de concentración constituyeron una fuente de “seres inferiores” y personas “degeneradas” que podían (y debían) ser utilizados como sujetos de investigación.

Prisioneros judíos con discapacidad en el campo de concentración de Buchenwald. USHMM / Wikimedia Commons

Al doblegarse a los designios criminales del poder, la farmacología alemana perdió toda dignidad y proyección. Como apuntó Louis Falstein, “los nazis denigraron la Justicia, pervirtieron la Educación y corrompieron al funcionariado; a los médicos, sin embargo, los convirtieron en asesinos”.

El auge de las corrientes eugenésicas en Europa central en el inicio del siglo XX abonó el terreno al gobierno nazi para poner en marcha una política de “higiene racial” de nefastas consecuencias políticas, sociales y científicas y que llegó al punto de un claro antisemitismo biológico, como defendieron Karl Binding y Alfred Hoche: “Los judíos se parecen mucho a los humanos, pero son resultado de otra evolución…”.

El Programa Aktion T4

El decreto de 1 de septiembre de 1939 (fecha de inicio de la II Guerra Mundial), conocido como Programa para la Eutanasia (“muerte caritativa”) o Aktion T4, supuso el inicio del exterminio en masa de pacientes con “deficiencias” o patologías mentales (“conchas humanas vacías”). Racismo antropológico, somaticismo médico, persecución del anormal o del extraño son algunos de los elementos amalgamados en el ideario nazi.

Pacientes de Aktion 4 subiéndose a un autobús, 1941. Wikimedia Commons

Los crímenes fueron realizados en un primer momento mediante la intoxicación con monóxido de carbono, un auténtico modelo para el posterior desarrollo de la denominada “Solución Final” del caso judío.

En 1941 se puso en marcha una segunda fase, la denominada “Eutanasia Discreta”, con la inyección letal de fármacos como opiáceos y escopolamina, o dosis bajas de barbitúricos que ocasionaban neumonías terminales.

Estas técnicas se conjugaban con la reducción al mínimo de las raciones alimenticias, limitadas a verduras cocidas, o cancelando la calefacción de los hospitales en invierno. Estos programas de eutanasia ocasionaron un auténtico genocidio psiquiátrico, con el asesinato de más de 250.000 enfermos, posiblemente el acto criminal más relevante de la historia de la medicina.

 

Experimentar con sujetos sanos

La experimentación médica acabó siendo una herramienta más de poder político y control social, con connotaciones evidentes de instrumento de naturaleza militar, para lo que se utilizó tanto a personas enfermas del Programa T4 (“si los enfermos tienen que morir, en cualquier caso, ¿por qué no utilizarlos en vida o tras su ejecución para investigar?”), como sanas, lo que supone la máxima perversión desde la perspectiva ética. Estas últimas eran reclutadas en los campos de concentración entre colectivos étnicos o sociales desahuciados, como judíos, gitanos, eslavos, homosexuales, etc.

Entre los experimentos farmacológicos menos documentados y conocidos cabe mencionar:

  • Efecto de las sulfamidas en gangrenas gaseosas inducidas (Ravensbrück);

  • Esterilización química con formalina en mujeres judías (Auschwitz-Birkenau);

  • Uso de vacunas y otros fármacos en sujetos infectados intencionalmente de malaria (Dachau);

  • Efectos de la metanfetamina en ejercicios extremos (Sachsenhausen);

  • Estudio de las propiedades anestésicas del hexobarbital y del hidrato de cloral en amputaciones (Buchenwald);

  • Empleo de barbitúricos y dosis altas de mescalina en estudios de “lavado de cerebro” (Auschwitz y Dachau).

Bloque 10 del campo de concentración de Auschwitz, donde se realizaron los experimentos médicos con prisioneros. Francisco López Muñoz

 

Y como uso puramente criminal, baste comentar los asesinatos de niños gemelos gitanos realizados en el tétrico Pabellón 10 de Auschwitz por el oficial médico Josef Mengele, mediante la administración de barbitúricos y cloroformo.

Ante todo esto, cabe preguntarse, ¿cómo es posible que hasta el 45% de los médicos alemanes llegara a ingresar en el partido nazi, sin que ninguna otra profesión alcanzara estas cifras de afiliación política? ¿Cuáles fueron los motivos y las circunstancias que condujeron a estos perversos abusos?

La banalidad del mal en medicina

La respuesta es difícil. Muchos médicos argumentaban que las normas estaban concebidas para el beneficio de la nación y no del paciente e invocaban conceptos de naturaleza tan engañosa como los de “causa mayor” o “misión sagrada”.

Algunos creían que por la ciencia todo estaba justificado, incluso los inhumanos experimentos cometidos en los campos, mientras otros se autocontemplaban simplemente como patriotas y sus actos los explicaban como acciones de guerra.

También los había enfermizamente imbuidos por la perversa filosofía nazi, y otros, de carácter más ambicioso, se implicaron en estas actividades como forma de promoción de sus carreras profesionales y académicas.

Por último, desvincularse completamente de la turbia maquinaria nazi podía llegar a ser difícil para el colectivo sanitario en un ambiente donde el miedo se convirtió en un sistema de presión social.

Monumento realizado por Richard Serra en Berlín, en honor a las víctimas del programa Aktion 4. Wikimedia Commons

 

Arturo Pérez-Reverte, en su obra Limpieza de sangre, define muy bien este tipo de motivaciones: “…aunque todos los hombres somos capaces de lo bueno y de lo malo, los peores siempre son aquellos que, cuando administran el mal, lo hacen amparándose en la autoridad de otros o en el pretexto de las órdenes recibidas”.

Pero, como ha sucedido en muchos momentos de la historia, a veces las tragedias acarrean efectos póstumos positivos. Así, tras el juicio a los médicos nazis, se promulgó el primer código internacional de ética para la investigación con seres humanos, el Código de Nüremberg, bajo el precepto hipocrático “primun non nocere”, cuya influencia sobre los derechos humanos y la bioética ha sido enorme.

Como escribía Khalil Gibran, “En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente”.The Conversation

Francisco López-Muñoz, Profesor Titular de Farmacología y Director de la Escuela Internacional de Doctorado, Universidad Camilo José Cela

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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